Una mirada sobre el dramaturgo y actor Farley Velásquez y el teatro La Hora 25

UNA MIRADA SOBRE EL DRAMATURGO Y ACTOR FARLEY VELÁSQUEZ Y EL TEATRO HORA 25.
Por: Óscar Jairo González Hernández. Profesor Facultad de Comunicación. Comunicación y Lenguajes Audiovisuales. Universidad de Medellín.

Para quien desea hacer su experiencia vital por medio del teatro, es necesario, como para toda forma de arte, construirse una estética teatral, personal, propia, como bien lo hizo para la poesía William Blake, al crear sus propios símbolos, mitos y palabras. No queremos decir con ello, que no sea esencial o básico conocer la historia del teatro, sino que se precisa de ella en la medida en que está sea elemento impulsador y potenciador de esa historia, para que no sea una historia sin sentido o muerta. La historia es también del presente no solamente del pasado, que a veces aparece como su único propietario, en esta dirección es hacia donde se proyecta y realiza la realidad del dramaturgo y actor Farley Velásquez, a través del teatro La Hora 25.

La propuesta teatral contemporánea, busca situarse, de acuerdo o en coincidencia con cada tensión y temperatura personal del dramaturgo y del actor; en una multiplicidad de formas, en las que es fundamental el pluralismo estético. Nadie tiene la verdad en el teatro como en el arte. Cada forma teatral desde la de Artaud, Kantor, Müller, Brook o Stein, tienen cabida en el mundo plural del teatro. No existe un teatro único, ni una forma teatral única. Para Farley Velásquez, es absolutamente básica la tensión que efectúa hacia la posibilidad siempre de mantener esa tendencia plural.

Y para cumplir con estos dos cometidos, el del teatro como experiencia vital y la pluralidad teatral, es indispensable, en consecuencia, fundar un teatro, como lo concibió, lo necesito Velásquez. Fundar un teatro, no deviene de una condición meramente narcisista sino de una necesidad interior que hace posible su realización dentro de una estructura en la que hay que compartir y desarrollar el sueño con Otros. La fundación tiene que ver con el sueño, solamente funda el sueño, la incitación a soñar, que es fundadora y la explosión intensa e incesante de la imaginación. Hablamos del sueño creador y de la imaginación creadora, no de cualquier sueño ni cualquier imaginación, como lo sostiene Jean Genet, cuando dice: “…Pero ningún problema expuesto debería resolverse en la imaginación, sobre todo porque la solución dramática corre hacia un orden social acabado. Por lo contrario, que estalle el mal en el escenario, que nos muestre desnudos y nos haga huraños, si es posible, y sin otro recurso que nosotros mismos.” El sueño y la imaginación en la realidad, hacia la realización ha sido y será que al fundar un teatro, era y es hacer fundación (nombrarnos) de él y de los otros (Él o los actores)

11406574_10153387258534771_2103374322422913890_oDadas estas observaciones, es posible decir, que para el dramaturgo y actor Farley Velásquez, la experiencia teatral es absolutamente movida por una decisión radical con la forma que quiere su destino. Y que él conoce bien, en la medida en que opera mediante la técnica del instinto. Teatralidad del instinto es lo que hace, teatralidad de la mirada o de la observación es lo que lleva a cabo. Quiero decir, instinto en el sentido sensual, dramático. En él la experiencia teatral es vital, no queda la menor duda. Para Velásquez lo importante es encontrar la relación indisoluble entre la vida y el teatro.

No esa sencilla o fácilmente deducible relación, entre la vida y el teatro, basada en la obviedad. No se trata de ello en Velásquez, sino antes que nada de una experiencia de la vida profunda, llena de contradicciones, exhibida desnuda en sus crisis, en sus excesos. Habitada por fantasmas, por el caos, por la condenación de quien reclama para sí, la libertad de hacer lo que quiere en el teatro, lo que lo exorcisa de sí mismo, de los otros. Hacer teatro para él,  es resultado de una preferencia por extraer desde el fondo mismo sus obsesiones. De mostrarlas. Y en ello o para ello no se pueden hacer concesiones. Tratos con la realidad. Es violentar esa realidad, lo que él intenta. La experiencia, como tal, es puesta en todo momento a prueba, llevada al Afuera, criticada, desconocida, iniciada de nuevo. No es sino movimiento.

El teatro para Farley Velásquez, es en su doble carácter para él: Dramaturgo y actor, es una sola máscara para hacer teatro. No existe medida en ello, que pueda calificarlo como dramaturgo o actor exclusivamente. En él, vemos una unidad inexorable de esos dos caracteres. Teatro y su doble, para él no sería lo mismo que para Artaud. Es él mismo en totalidad. Encarna una totalidad. Y lo hace con decisiva rebeldía. Hablo de una estética de la rebeldía.

El diario 400

Velásquez conoce bien la historia del teatro. No se cohíbe para abordar una obra de teatro llamada clásica, porque él siente, que puede mediar con ella, intervenirla, hacerla en sí misma, desde sí mismo. Invoca la obra de Eurípides o Shakespeare para hacerla su posesión. Poseído de ellas, las transforma. Y solamente las transforma por posesión. Por tener la manía de ellas, tendida hacia él. No se recibe la locura (locura mantica), quiero decir, sino que la locura es un don inmanente, la revelación de un dios. El teatro se hace para el teatro mismo, no para otra cosa, así lo expone teatralmente Velásquez. Un nuevo Wilhelm Meister goetheano.

Contemporaneizar el teatro clásico, es su apuesta mayor, para vivirlo ahora, para experimentarlo en el ahora, pero, manteniendo un hilo invisible, sutiles elementos, de su pasado. Cosa que un historiador muerto no puede ver, en cambio un dramaturgo poseído y lleno de furor estético, sí lo puede hacer visible, lo puede hacer aparecer, como el fantasma del padre de Hamlet.

El dramaturgo y el actor, tienen que morir, para poder hacer ver lo que nadie puede ver, percibir lo que nadie puede percibir, en su teatralización. Mallarmé ante Igitur, podría ser. Teatro de las cenizas, de las tumbas. No teatro de la historicidad. Cuando hablo de la muerte del dramaturgo y el actor, en Velásquez, está conectado con su manera de mirar el teatro. O sea, el teatro no como un medio sino como un fin en otro mismo que está más allá del teatro mismo. El teatro se tiene a sí mismo. Y se mira así mismo.

entrePero para ello, para mirarse a sí mismo, caso extraño en este teatro, necesita de un espectador formado, vidente e instintivo que este en capacidad sensible y emocional de extraer de él todo el sentido que allí subyace: Tumultuosidad, barroco, muerte o vida. Es así. No le queda más remedio al espectador que sentir la perturbación, el trastorno, la risa, la ironía que allí están presentes como muerte del dramaturgo y el actor que no puede ser todo eso al mismo tiempo ni por siempre. Estado de infinitud o finitud, que Velásquez propone sin deponerlo en su tratado pasional del teatro. En su teatro, no es el actor el que se pone la máscara, sino que es la máscara la que va él. Yo no soy el que se pone la máscara. Trae la máscara que quieres para que yo sea tuyo. (Actor o actores).

El teatro La Hora 25, ha sido y es una Escuela de Estudio del teatro, en el sentido en que Giorgio Agamben lo propone; como el estudio que se hace, se forma, se fortalece durante toda la vida. Que no cesa, que no termina nunca, sino con la muerte. Estudiar hasta la muerte o contra la muerte. Estudio del teatro, es estudio de la vida. De esta manera, el teatro La Hora 25, establece vías para que este  Estudio sea posible en la ciudad de Medellín. Estudiar teatro, para la fortificar la experiencia vital, para hacer más conciencia de esa experiencia por medio del teatro.

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El teatro La Hora 25 propicia de manera clara esa necesidad y la ha apoyado y la apoya constantemente, como un teatro de puertas abiertas desde sí mismo y proyectado hacía el espectador, hacia la ciudad tentacular.  Como lo dice Velásquez: “Vivir en Medellín me ha entretenido tanto que poco me importa lo que pueda haber fuera de esta ciudad; todavía no he encontrado todo lo que ésta tiene y propone. Entonces diariamente hago giras por toda la ciudad, siempre observo. La ciudad tiene una relación muy estrecha conmigo. No me gustaría mucho hablar de lo que la ciudad es en sí sino de lo que la ciudad esconde, de lo que no vemos en la ciudad. La ciudad siempre para mí ha estado oculta. Medellín es una ciudad llena de teatralidad. Yo a veces la llamo la ciudad fantástica, como una ciudad babilónica. Hay muchas calles que no he alcanzado a recorrer y también hay muchas historias que nunca se escribieron o nunca se conocieron, trato entonces de encontrarme con esa ciudad perdida. Con el teatro busco la ciudad perdida.” Y nosotros diremos: El espectador perdido. El que es necesario formar para el teatro y que el teatro La Hora 25, busca. También es misión del teatro, buscar al espectador, hallarlo, descubrirlo, sin violentar para nada su condición crítica y su espíritu libre. Y también es misión del dramaturgo y actor Farley Velásquez, continuar haciéndolo sin nosotros.

Notas:

GENET, Jean. El balcón, Severa vigilancia, Las sirvientas. Buenos Aires. Editorial Losada. 1964. Pág. 11.
AGAMBEN, Giorgio. Idea de la prosa. Barcelona. Editorial Península. 1989. Pág. 34.
VELÁSQUEZ, Farley. Entrevista Oscar González. Con el teatro busco la ciudad perdida. El Imaginario. El Mundo. Medellín. Sábado 3 de Marzo. 2001. Pág. 7.

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Autor entrada: Entreactos