Tribulaciones de un abogado que quiso ser actor o El oloroso caso de la manzana verde

Tribulaciones de un abogado que quiso ser actor

O el oloroso caso de la manzana verde

José Manuel Freidel

(Una normal oficina de abogado, teléfono, máquina de escribir, ventana, libros, radios, etc., de cosas que decoran esos sitios. Cada cual ambienta su laberinto como quiera. Justo Ezequiel prepara una escena de “El Avaro”, de Molière, puede ser la escena VII del cuarto acto).

HARPAGÓN: (Llega gritando desde el jardín y sin sombrero.) ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al asesino! ¡Al criminal! ¡Justicia, justo Cielo! ¡Estoy perdido! ¡Asesinado! ¡Me han cortado el cuello! ¡Me han robado mi dinero! ¿Quién podrá ser? ¿Qué ha sido de él? ¿Dónde está? ¿Dónde se esconde? ¿Qué haré para encontrarlo? ¿A dónde correr? ¿A dónde no correr? ¿No está ahí?  ¿Quién es? ¡Detente! ¡Devuélveme mi dinero, bandido!… (A sí mismo, cogiéndose del brazo).  ¡Ah, soy yo!, mi ánimo está trastornado; no sé dónde me encuentro, ni quién soy, ni lo qué hago. ¡Ay! ¡Mi pobre! ¡Mi pobre dinero! ¡Mi más querido amigo! Me han privado de ti, y, puesto que me has sido arrebatado, he perdido mi sostén, mi consuelo, mi alegría: se ha acabado todo para mí, y ya no tengo nada que hacer en el mundo. Sin ti no puedo vivir. Se acabó; ya no puedo más; me muero; estoy muerto;…

(Una imprudente llamada saca a Justo de su personaje in trance de avaricia.)

JUSTO EZEQUIEL: “Diantre de aparato que inventaste tú hombre de la inconciencia y la irracionalidad para matar con tu timbre la inspiración, el genio, el talento. ¡Oh! ¡Oh, Molière, te ha matado un timbre mecánico! Molière, viejo. Molière, ¡Ah! Qué descanso, me alivia de mis angustias, de tanto crimen diario, tanto cementerio colectivo en que este pueblo se sume imparable y con la paloma de la paz volando cual cuervo. ¿No me entiendes, viejito? ¡Soy un actor! Mejor dicho Angelita me ha llevado a la actuación, a los clásicos… Hombre, viejo, Angelita, mi amor, mi nueva novia. Con ella sacrificaré mi destino de soltero y sellaré mi nombre a su estirpe… Perdona viejo, perdona. ¿De dónde me hablas? ¿Cita? ¿Partido de fútbol? ¿Ocho de la noche? Viejito, no, no, no. ¡Imposible acompañarte viejo! Además mi afición por el fútbol terminará por matarme, te cuento viejito que la última vez cuando ese pibe dribló mal y equivocó el cruce, y se comió el gol, mi corazón quedó suspenso y sentí un vahído peor que el de la negra que defiendo mañana. No tengo tiempo viejito para acompañarte… tú sabes, mis aficiones han ido subiendo escalones, no es el sudor ni la acción del músculo lo que me emociona, no viejo… es el alma, el espíritu, su tragedia, su comedia… y además mi caso. ¿No te has enterado? Ya te enterarás. Le he intitulado “El oloroso caso de la manzana verde”… De la manzana verde. Sí, extraordinario nombre, pero perdona viejito, no puedo atenderte más porque tengo que redondear mi manzana, mi caso. Tengo dos horas, a las siete, cita con Angelita, El Avaro y su Molière. ¡Sea dicho! Suerte, viejo. Ya hablaremos”.

Entrevista-Ramiro-Tejada-2

¡Juro! Es el último cigarrillo que me fumo, progresivamente me estoy matando. Toco madera y rayo para no olvidarme, es mi último cigarrillo. ¡Dios mío, pero cuántas rayas hay aquí! Esta fue en el caso de las Ramírez, la hice para… para…

(Lo ataca la risa súbita y prende otro cigarrillo).

¡Ah! Voluntad eres tan, tan, tan, que no encuentro la definición así como no encuentro tampoco esta palabra. Sino es la precisa, el juez me invalida el caso y este alegato ha de ser perfecto, ordenado, lúcido y después la defensa, ¿cómo asumirla? Tan súbito, así de golpe clavarle diecisiete puñaladas por delante y veinte por detrás y ese NN así sangrante se reía y le repetía:

— “La culpa es tuya, negra, la culpa es tuya”.

Es increíble, porque no le gustó la manzana que NN le regaló.

— “Estaba demasiado verde”.

Me dijo con esos ojos imperturbables, y ni una sola palabra más musitó la negra. Es un caso patético de desesperación marital, patético y mortal. Pero una manzana verde no puede provocar tal desbordamiento. ¡Ya! Esa es la palabra en la cual tengo que apoyar mi defensa: “Desbordamiento de pasiones actuadas por un sabor verde de boca hastiada”. ¡Qué lindo! ¡Y todo por una manzana, qué redondo caso! Lástima, lástima. Han sido tan románticas las manzanas. Y tan pérfidas: la manzana de Adán, la manzana de la discordia, pero esta sí supera el caos y se desborda.

Diccionario: “DESBORDAMIENTO: Acción y efecto de desbordar, el desbordamiento de un rio”.

Si se desborda un río ¿cómo no desbordarse un alma maltrecha? Veamos el caso con detenimiento riguroso: Está allí sentada la negra, sumida en lejanas sensaciones que le depara su frágil pensamiento, hace diez años se casó y está triste. Tiene un lumbago, jaqueca, artritis, callos mortales y un cólico de miedo, NN llega feliz, prendido, chisporrotiando su juma y desequilibrio en su paso y en su voz que canta:

— “Feliz mi amor que te has casado conmigo, feliz mi negra por ser mi adoración. Negra hermosa, mira lo que te trae tu media naranja”.

A la negra el lumbago se le rigidiza, su jaqueca le estalla, la artritis toda y los callos la dejan tumefacta, y al ver el cuello de NN con manchas de labial y al percibir el olor verde de la manzana, su boca se crispa, alaridiza la noche y el cuchillo sigue tan solo su curso normal, limpio, transparente. Es solo un desbordamiento de movimientos lógicos y naturales señor juez, que la liberan de diez años de esclavitud, de lumbagos, de jaquecas, de artritis, de callos y de marido, y nunca más, señor juez, tendrá que olfatear esas odiosas manzanas verdes. ¡Esas odiosas manzanas verdes!

Debo hacer un énfasis fundamental en que la manzana estaba verde y no madura. Penetrar la conciencia del juez, también taladrar las mentes de los jurados hasta hacerles olfatear un cierto olor a podrido en las manzanas verdes.hqdefault

¡Ah, qué caso! Sublime, magistral. Pero, ¿Y si de pronto alguien del jurado gusta enormemente de las manzanas? Me hunden el caso, me condenan a la negra y triunfa el sabor vegetal sobre mi defensa. ¡Vaya! Perdí el caso, siento que perdí el caso.

¡Mal haya! Ya veo a una de esas señoritas pulcras, entrada en años, que adoran las ensaladas con manzanas verdes, sentada en el estrado de los jurados. Ahí la veo sentada confrontando su moral, vulnerado su gusto, argumentando con la vehemencia de su beatez:

— “Es imposible, radicalmente imposible, que el olor a una manzana verde, esa exquisita fruta que reina en las ensaladas de verano como diosa, sea el responsable de un crimen, de un desbordamiento de tal magnitud sanguinaria, con alevosía, sagacidad y pericia en el manejo del arma. Hela aquí, señores compañeros del jurado. ¿Es acaso un arma para cortar una delicada manzana? No señores, es el arma ideal para este cruel crimen. Yo considero que la manzana es inocente y la sindicada culpable”.

— “Pero señorita Pérez Galdós, no se puede establecer premeditación y alevosía, la sindicada en este caso obró con una inocencia motivada por las fibras profundas de una esclavitud que clama libertad”.

Eso puede argumentar un justo pensamiento en otro de los jurados para dejar sin piso ese argumento falaz… Sí, eso muy bien puede argumentar.

Y si la señorita Pérez Galdós increpa:

— “Señor Taborda, entiendo que es usted carnicero, señor Taborda, por lo tanto, para usted una manzana debe ser más culpable, ya que su costumbre establece indiferencia frente al corte tajante de las carnes.

Dígame, señor Taborda, ¿Cuántos cerdos mata usted diariamente con un arma asesina como esta, señor Taborda?”.

En verdad sería irrefutable la señorita Pérez Galdós en este caso y en definitiva el señor Taborda sellaría su boca. ¡Ah! Que fácil manera de perder el juicio y dejar caer tras las rejas a mi cliente. ¡Ah! mi cliente, mi cliente, mi cliente pudo haberse esperado, no violentar su inconsciente, su profundo malestar de mujer insatisfecha a la atadura de su matrimonio y en la mañana, cuando NN hubiese despertado, ofrecerle un trozo de la delicada fruta acompañada de angelical sonrisa y estas frases:

— “Cariño, picha bonito ¿Sabes?, he pensado que te comas la fruta solo y me des el divorcio. Estos diez años en tu compañía me han sabido a mierda”.

Eso le dijo: “Mierda”. Pero, ¿Qué me pasa? No le dijo nada, ausencia de palabras y acción de puñaladas repetidas, obsesivas. Pero es notable, no fue capaz de tocarle el cuello donde la evidencia de un pintalabios presagiaba adulterio. La negra no quiso penetrar ahí con su cuchillo. Es obvio, racional de obviedad al desechar los celos, no le rumiaban los celos, ese doloroso sentimiento que te carcome. No, la negra no dejó NN a su marido por celos, otras razones, otras causas lo fueron. ¿Secuestro? Solo se había liberado de un secuestro. Se trata, evidentemente, de un caso de legítima defensa, legítima defensa contra un secuestro. ¡Ah! esta solución jurídica tendré que interaccionarla en mi defensa, como un rayo ultimaré las teorías del fiscal.

¿A quién tendré que enfrentar en el caso? ¿Será, acaso, a aquel espécimen, el cojo Paniagua, aquel que desde el vientre se enamoró de los militares, aquel que solo trazaba líneas rectas y decía que la curva era una provocación al delito? ¿Será al cojo, ¡Carajo! a quién tengo que enfrentar? Me acuerdo de ese cojo con su mirada vidriosa y esa voz chillante que clamaba: “La acción defensora de la Ley se ha de imponer sobre cualquier alimaña que la vulnere. Contra el delito: Purga. Contra el caos: Orden. Y contra el mal: Fuego, metralla, balas y pertrecho.

¡Ah! también lo veo silencioso y auscultando maldades pronunciar:

— “Contra la mugre: Ajax”.

¡Dios! Y me va a tocar enfrentar a este cojo, enfrentarlo de frente o en todas las direcciones, con su voz de cuchillo oliendo a discurso decir:

— “Señores jurados de conciencia, ¿es acaso, la palabra desbordamiento o una inocente manzana verde el móvil de este cruel insuceso? ¡No!, es Ella. Tiene la maldad metida en el cuerpo como una culpa originaria de un ángel enfermo: Luzbel, de un demonio que niega la ley del hombre y la ley del hombre ordena arrasar con el mal como principio de nuestra culpa. ¡Ah! Señores jurados de conciencia y ustedes, espectadores de esta cruel mentira, juzguen el solo hecho de esta mujer que penetra insaciable un cuchillo sobre su cónyuge, sobre su amor. ¿Qué ha dicho Jesús? ¡Amaos y multiplicaos, no mataos y exterminaos!”.

¿Cuántos años le podrán dar? La negra con ese lumbago y tantos achaques físicos y morales no creo aguante en esas cloacas inmundas donde caen los condenados. Pero, ¿Cómo estoy dando por perdido el caso? No, tengo que vencer, así me toquen seis cojos Paniagua en la fiscalía. Tengo que traer a colación una figura jurídica específica, concreta y locuaz que deje silente a la pérfida señorita Pérez Galdós. Una figura contundente.

Abogado actor

¿Dónde estaba yo en el seguimiento de mis ideas antes que se me cruce como una mancha en mi diáfano pensar Paniagua, el cojo de las líneas rectas?… Veamos, veamos. Si la negra no hubiese blandido el cuchillo y en cambio la palabra divorcio le hubiera restallado en su cerebro, estaría libre de juicio y yo sería su parte civil y no en cambio la parte penal en la defensa de un ser que no se divorcia porque no se lo permite su condición social, o porque la ignorancia crasa de su estrato bajo le niega esa opción, ese derecho, o porque el irreductible sometimiento a los lazos de su naturaleza violentada le impide ser una mujer libre, porque ha sido secuestrada en virtud de su matrimonio nefasto y ruin. Y ha sido secuestrada, porque ustedes saben señores del jurado y usted señor juez y ustedes respetables conocen mejor que nadie, que el permanecer atado a alguien contra la voluntad de ser libre y feliz, sufriendo inclemencias y tormentos, hambres y vejaciones, así ese compromiso sea ungido por el orden divino, ese permanecer que no puede ser disuelto por un divorcio, que no puede ser disuelto por otra causa, se disolvió en este caso por una legítima defensa contra esta figura delictiva llamada secuestro. La sindicada, señor juez, mi patrocinada, fue víctima de un secuestro y obró en legítima defensa. Su inconsciente fue llamado a obrar cuando olió aquella manzana verde que NN le trajo con la intención procaz de envenenarla quién sabe por cuántos años más, de sumirla envenenada en años y años de su maltrecho matrimonio. La intención de esta manzana fue clara, tan clara como la intención calculada engañosa y perversa de aquella cruel madrastra del cuento: dormir envenenada a la bella Blanca Nieves. ¿Quién no conoce aquella vil trama? El mundo entero condena desde sus infantes años ese engaño, sabor manzana del cuento. Pero, en este caso tan real como doloroso, no contamos señores con un príncipe que bese la nieve blanca de esos labios, ni contamos tampoco con siete enanos de cuerpo pero enormes de alma. ¡No! Contamos con una sociedad que condena sin analizar los olores de esta tragedia cotidiana, repetida hasta el cansancio, una sociedad que no ausculta, no hurga, solo dispara como una ciega histérica contra esta pobre Blanca Nieves moderna, contra esta mujer silenciosa, culpándola con siete gigantes pecados capitales.

(Una risa socarrona lo sorprende, es evidente su contento, silba, se compone, etc.)

Presiento que la señorita Pérez Galdós no podrá contener sus lágrimas y veo al cojo Paniagua enrojecer hasta las orejas y a los asistentes enloquecer de júbilo, la negra bendecirse de gratitud y al abogado y jurisconsulto, Licenciado Justo Ezequiel Flórez, dejar ufano con frente digna el estrado. Contundente, radical defensa, humana y sensible hasta la conmoción.

Sí señor.

(Sigue gratificándose, recibe las imaginarias ovaciones a su magistral defensa, mira por la ventana, escucha la radio, fuma…).

Perogrullo, determinación, ausencia, cohabitación, enfermedad, caos, ultraje, desamor, abandono, ruptura, sadismo, contrato, fidelidad, propiedad, machismo, horror, pasión, celos, exterminio, mancha, locura, chocoprístico, ancan, manzana, manzana verde!… ninguna palabra, ningún aroma, ninguna sensación podrá desarticular mi defensa ni desorientarla, la manzana es olfativa y por el olfato precisamos, discurrimos y pensamos. De todas maneras es más importante el aroma que la imaginación.

¡Ah! Difícil, dificilísimo seguimiento en el orden de las ideas. Hueles el caos, no decimos imaginamos el caos, no. Siempre nos huele a mierda, nunca imaginamos la mierda. La mierda la ocultamos. ¿Sí o no señorita Pérez Galdós, la mierda la ocultamos? ¿Por qué usted le dice al otro jurado de conciencia, al silencioso y escuálido maestro de obras, al radioaficionado maestro Ochoa lo siguiente?:

— “Maestro Ochoa, no ha dicho usted una sola palabra en este juicio. Ha observado y ha visto edificar con un silencio profundo y sabio cómo este arquetipo del desvarío nos trae y ultraja a su juego de ideas planificadas y estúpidas. ¿Maestro Ochoa, no le parece que el señor Justo Ezequiel es un perverso y manipulante espécimen? ¡Humpht! ¡Hablar de secuestro! Maestro Ochoa y señor Taborda. ¿Secuestro???? ¡Horror! Confundir el señor Justo Ezequiel e intentar confundirnos a nosotros, normales habitantes, ciudadanos comunes y corrientes, en esta teoría más que engañosa, es como bien lo refutó con obviedad y buen tino el jurisconsulto y rectísimo abogado de la fiscalía, doctor Paniagua:

— Es extraño que la defensa acoja esta figura para cimentar su intervención y lo que ha provocado mi contrincante es un delito de ideas, una apología a todas luces de ese crimen inhumano. El secuestro solo ha sido cometido por los peores individuos, por bandidos, criminales, almas perversas. Históricamente el secuestro ha sido condenado con guerras. Mirad lo que aconteció en Troya con Helena al ser secuestrada, una guerra donde la sublime inteligencia asumió forma de caballo portando defensores guerreros. Proclamo venganza contra el abogado Ezequiel, la ciudadanía no puede permitir que defiendan un crimen nato, virulento y maquinado por esta cruel mujer y la conviertan en heroína de cuentos infantiles apoyando esta tesis en la palabra secuestro. ¡Secuestro! ¿Qué puede pensar usted si lo cogen violentamente y encierran y a cambio suyo piden algo? Dígalo ya que lo estoy amenazando, dígalo, ven señores jurados de conciencia y señor juez, este ser que vino a contemplar el juicio se ha quedado mudo con mi pregunta. ¡Ah! ¿Qué podrán sentir los ciudadanos que han sido secuestrados y sus familiares y la sociedad toda? Pido, señor juez, que se suspenda la defensa de Justo Ezequiel, le quiten su título de abogado y lo encierren de por vida obligado a moler piedras”.

— “Maestro Ochoa y señor Taborda, qué lindo habló el abogado Paniagua y… y… conmovedor hasta la médula. Perdón, estoy algo afectada por estas palabras tan ciertas… He leído tanto esa Ilíada, la guerra desatada, Helena, Ulises, Paris… y pensar que este perverso defensor Flórez confunde un hecho tan grave como el secuestro, tan mortal para la sociedad, tan venenoso, y nos habla de manzanas verdes, de veneno, de Blanca Nieves secuestrada, de desbordamiento. Cuando lo verídico del caso es que la sindicada, la señora Amanda de Tangarife, de Tangarife, óiganlo bien señores, ¡DE!, o sea, obligada a su marido con abnegación, devoción y amor, la señora Amanda de Tangarife clavó impunemente y repitió con sagacidad en el manejo del arma, treinta y siete puñaladas… Maestro Ochoa, usted construye casas, es maestro de obras, usted sabe cómo se construye un crimen, como se eslabona hasta ser un hecho tapiado con sangre… su silencio me perturba, maestro Ochoa, responda: ¿Se trata de secuestro? o, como dice el paladín de la sociedad, Paniagua:”

— “Un violento crimen pensado y ejecutado sin piedad…

— “Que no nos metan gato por liebre… ¡Ah! ¿Qué piensa, maestro Ochoa?”

— “Se se se ñorita Pérez Gal ga ga ga ga Galdós… yo yyyyy sssssso so so soy ga ga ga gago gago”.

¡Ah! Qué caso. El maestro Ochoa nos resultó gago… la señorita Pérez Galdós suelta una risita y todo se hace confusión…

¡Maldito cojo, carajo! Maldito cojo, siempre confundiéndome y confundiendo a los jurados de conciencia.

…Bueno, tampoco me puedo dejar llevar por un exceso de imaginación… son hipótesis, solo hipótesis sobre seres que pueden tener otras personalidades… de pronto me resulta la señorita Pérez Galdós una gran socióloga, el señor Taborda un erudito en comportamiento humano y el maestro Ochoa un filósofo liberal… ¡No! ¡No! ¡No!… Me ha resultado una maestra beata enamorada del sabor de las manzanas verdes, un tímido carnicero y un albañil gago, ¡JESÚS, DIOS MÍO! Vírgenes de todas las especies, ayudadme. No. No. Los santos no argumentan con la razón de los humanos…

¡Ah! ¡Ah! Concentración, concentración, mi querido Justo Ezequiel Flórez… Acuérdate de los ejercicios aquellos para abordar un personaje e introspeccionarte para lograr ese aspecto teatral que lo magnetice y en el espectador sé de una asimilación catártica, ¡Ah! Qué profundo habla mi profesor…:

— “Concentración, concentración…”

¡AH CARAJO! Por las barbas de los mil carajos, la que va a resultar afectada es la negra si me descuido en el estudio in extenso del caso: primero mi caso, mi defensa y segundo mis gustos personales… ¡Ah! Oficio, moral, alma, entrega, y la negra debe salir libre. Palabra justa de Justo Ezequiel.

(Justo puede tararear una ópera, buscar datos —acordémonos que es fumador empedernido muy aliñado y pulcro. Le gusta mucho acicalarse el bozo y empapar su pañuelo en agua de colonia—, quiere prender el radio pero desiste).

Para qué, para qué, para qué prenderte loro transmisor y papagayo oficiante de las mismas muertes y atracos noticiados como dolores de cabeza sin calmantes, iguales idem de etcéteras, absurda y dolorosamente etceteriados? No quiero saber del mundo y de sus chispas delirantes. Estas treinta y siete puñaladas son suficiente demostración de lo verde que rueda el mundo y sus manzanas… ¿qué tal si en vez de manzana NN hubiera regalado a la negra una sandía? ¡Qué fabulosa especulación terrible y categórico ejemplo de realismo mágico desbordado! ¿Se minimizaría el caso si el regalo hubiese sido un mamoncillo?… ¡Zambomba! Se me ha pasado el tiempo por estar en disquisiciones sobre las frutas y me he olvidado de mi media naranja…

(Flechado par el olvido, Justo corre al teléfono… nadie le responde. Le llaman.)

— Mi amor, qué bueno escucharte. Sí, bueno es escuchar tu lozana voz… ¡No, no! Espera, perdona pero se me pasó el tiempo imaginando posibilidades en mi defensa, personajes tontos, tú sabes, el caso es complicado… Reina, no te exaltes así mi amor, tú eres primordial, eres mi media naranja… más dulce que una manzana verde. Perdona, perdona, tú sabes lo difícil que es para mí, el caso me absorbe mi manzanita, solo veo personajes, asumiendo un caso impregnado de sabores vegetales, de angustias, de secuestros: una pérfida señorita Pérez Galdós y otro jurado gago. ¡Imagínate!… Mi manzana, ¿Que no te importa?… Que me importa a mí, carajo, Molière y su Avaro, amor. No estoy para eso, no podría interpretarlo, ¿Qué voz le pongo? ¿La del cojo Paniagua? ¿Que deliro?… Pero mi manzanita… bien, bien, no te diré más manzana, amor… ¿Dónde estás? Espera, espera, no cuel…”.monol

Iguales, es como si la tijera de la irracionalidad las cortara con idéntica silueta a todas, ¡Ahghh! Tercas, desquiciadas, impulsivas, expectantes, ansiosas. Pero cómo me tratas en esta forma alma mía, a Justo Ezequiel, a tu corazoncito, a tu pedacito de ángel… eso me dices cuando te entrego todo, pero, cuando tengo mi tiempo, mi espacio, mi reflexión y me olvido un segundo de ti marcas en mi frases de horror, soy un demonio, la encarnación del macho mezquino, manipulante, mentecato y ¡malaya cómo me insultas! amor… ¡Ah! En verdad “así son las mujeres… así son…”.

(Justo ha perdido más o menos su compostura y desvaría, ha hablado con la foto de su novia. Es probable que se despeine y muestre algún signo de nerviosismo extremo como prender tres cigarrillos o comerse un sombrero).

Y la negra y NN y el jurado de conciencia, el fiscal, el juez, los asistentes… ¿Cómo ordenar este barullo? El psiquiatra, el psiquiatra puede ser la salida… Él tiene una participación efectiva sobre los nervios y las reacciones íntimas de una mente afectada, tal vez un recuerdo doloroso —u oloroso—, un trauma infantil, etcétera, etcétera, etcétera… El doctor ha establecido en el caso de la negra lo siguiente:

— “La paciente, Amanda de Tangarife, muestra una particular visión de un mundo sin visión, pues no mueve su mirada de un punto fijo, concluyo con este análisis inicial de la paciente sobre su acción que no tuvo intención psíquica, ni siquiera un móvil que permita auscultar detrimento o ansia en su comportamiento. Es tal vez un clínico concepto de visión animal, sin fibra particular de intención soñada o que connote una conducta criminal. Obró llevada por una fuerte conmoción de olfato, sin culpa aparente, mas si con un muerto evidente”.

(En medio de su locura, Justo Ezequiel ha recreado al psiquiatra Uriel, escribiendo el informe. Debe parecer uno de los hermanos Max en una clásica demostración de psiquis in trance desbordada).

¡Ah jaja! Qué perfecto informe ha hecho el doc. Uriel, sí señor… ¿Qué argumentará Paniagua, el adalid de la señorita Pérez Galdós?

— “Señores jurados de conciencia, habéis leído el informe del médico…”

(Suena el teléfono y saca a Justo del trance).

¡Demonios!

— “¿A ver?… ¡Ah! eres tú amorcito, mi reina, mi corazón. ¿Se te ha quitado el disgusto?… ¿No te disgustaste?… Qué bueno saberlo amor, pero yo te sentí como una hiena, bruja horrorosa, rana bizca. Y no me interrumpas cuando esté en trance de parir una idea brillante. Espía…

(Iracundo cuelga y resuella. Le da un soponcio y se calma. En el diccionario lee.)

Diccionario: “Molière: Comediante francés brillante por obras…”.

¡Malhadada suerte me persigue!… Desbordamiento, desbordamiento, el desbordamiento de un río. Desbordamiento, manzana verde, la negra, secuestro, la negra, desbordamiento, El avaro…

(Un grito de Justo Ezequiel interrumpido por el teléfono).

No hay nadie.

(Una extraña risa, extrañísima, con dejes y gestos muy extraños). Valium, Librium, Serepax, Limbitrol, Mogadón, Tramal, Ludionil, Dormicun, Rohypnol, Sinogan, Ansiopax, Triptanol, Largactil, Ativan, Q&D, un sumun de tabaco, un tinto triple, y cargado con tinta china a ver si me calmo en un mar negro… Madre de la angustia: ¡Cálmame!… Perdí el caso y Amanda viuda de Tangarife, la negra, enrejada, hecha añicos y mi acción en la defensa ultrajada por un cojo, un gago, una beata y un carnicero… ¡Ah! No. No. Acá tengo mi AS secreto: el vecino Urdaneta.

— “Juro decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad”.

— “Isaías Urdaneta. Cuarenta y seis años. Profesor de tango y showman”.

— “Sí. Fui vecino de la señora Amanda durante ocho años”.

— “La de una esclava. Esa fue la impresión que tuve de ella”.

— “Porque la golpeaba, y le hacía esa cosa inmunda borracho y con un tufo a trago’e pobre.

— “No veía, escuchaba, no soy voyerista. Sé interpretar los ruidos, mi profesión me obliga a diferenciar el violín del saxo…”.

Señor Juez, ruego a usted impida a la fiscalía interpretar con sus mociones a destiempo e interrogue a mi testigo cuando le toque su turno. El señor Isaías Urdaneta es bastante sensible y frágil en grado sumo, ya ve usted cómo se descompone… gracias, su señoría. Señor Urdaneta, está usted en condiciones de continuar o solicito aplazar la audiencia.

— “Puede usted continuar, señor abogado, haré caso omiso de esas odiosas imprecaciones de la fiscalía, pero que no me vuelvan a tildar de fisgón en la vida ajena. Además no es ajena la vida de Amanda para mí, fui su vecino y confidente de almas, de penurias. Como a una pobre esclava le calmaba sus dolores de espíritu, a todos sus hijos les conseguí familias honorables que cuidaran de ellos. ¿Saben que fueron cinco bellos hijos, angelitos de Dios, a quienes tuvo que entregar porque ese inmundo hombre solo le daba golpes y polvos ebrios? Poco a poco fue perdiendo la palabra y enmudeció, solo lloraba y cocinaba y barría y planchaba y olía el hedor de las cañerías en las casas pudientes donde lo poco que ganaba, ese hombre con ultrajes le robaba para soplar esa cosa inmunda, esa basura, ese vicio… Una planchita que tenía, se fue; una virgencita de yeso toda cuca, se fue; los pendientes dejaron de pender, la linterna, los clavos y hasta las cucarachas se fueron. ¡Amanda, no llores, estoy contigo, pero es un juicio mi amor y tengo que salvarte, fuiste una heroína, te salvaré, Amanda, te salvaré!

No, demasiado efectista traer a colación este testigo, pedirían mi cabeza, a gritos la señorita Pérez Galdós clamaría:

— “Guillotina, guillotina, gui-llo-ti-na para el abogado Ezequiel, señores compañeros míos en este juicio.

¿Cómo trae este inmoral testigo? ¿Cómo osa agredir la razón y la justicia con esa enfermiza y aterradora visión de ese demente afeminado tanguista Urdaneta? ¡GUILLOTINA!”.

Válgame Dios, qué sensibilidad tan susceptible la de este pueblo y la de sus más dignos representantes…

¡Válgame Dios! Enfermos, sucios con máscara de dignidad. ¡Enfermos!, no captan que esta pobre mujer Amanda, por fortuna viuda de Tangarife, cometió uxoricidio por defender como una leona herida su maternidad maltrecha. Cinco hijos abandonados porque su NN no podía sino robarles su pobre sustento para saciar sus ansias locas de vicio…

(Suena otra vez el teléfono en este clímax de Justo y se desinfla.)

— ¡Vaya! ¿Quién osa???… Amor perdóname, estoy excitado con este caso y no he podido salir. ¿Que han preguntado por mí? ¿Que están preguntando por el personaje que iba a interpretar en clase? No amor, este caso me tiene sumido, el de la negra, te he contado, la que mató… Sí, Amanda. ¿Te acuerdas? ¿No te importa Amanda? Amor, tú sabes que yo cogí la actuación y las clases por pasatiempo y para acompañarte a ti, mi reina… Sí… Sí… Aj… Mi manzana, llámame cuando salgas… Sí, para mí es importante, además de esto vivo, viviremos… ¿No lo crees así? … Bueno, bueno, llámame más tarde. Besos muñeca”.

¡Demonios! Las mujeres ¿Por qué Justo Ezequiel te dio por cortejar a una estudiante de arte dramático? ¡Ah! Justo, Justo. Que injusto eres y tú por galante tomar esas clases. ¡Qué pose la tuya Justo Ezequiel! Una pose que no es la tuya. Un gesto prestado, una voz coca y vacía de seres traumatizados. No, no. ¿Cómo poder hacer mi tarea teatral: interpretar “El avaro” de Molière? Gordo, pesado, lento, achacoso… No. Imposible, si en este caso se me imponen:

— “Señor Ochoa, es usted sordo o ciego y no ve que el aboga…”

— “Se seño se señor: pe pe yo yo”.

— “Ya habéis visto cómo este vulgar bicho de la defensa…”.

— “Me siento como una rosa herida al ver a Amanda presa”.

— “Es patético que la paciente, la señora Amanda, a todas luces sufre una visión psíquica de ultraje”.

Y la negra ahí, reducida con un verde sabor a…

(El teléfono)

— “¡Ah! ¿Quién? ¿La señorita Pérez Galdós? Perdón amor, estoy confundido y desesperado… No, no. Estoy bien… Sí bien… ¿Ah? te quieres casar conmigo y solo vas a actuar para tu papi Justo. ¡Qué bien! ¿Y vienes para acá? Dejaste la actuación y tus clases y no tengo yo que pensar en ese odioso avaro de Molière!!! Sí amor, ven, disfrutemos nuestro matrimonio, nuestro secuestro, ven, ven pronto. No, lo del secuestro es una confusión, mi caso, tú sabes… Amor, en la esquina donde tú coges el taxi, saliendo de la escuela, me compras una deliciosa manzana verde, verde, para que con ella celebremos nuestro compromiso, reina, tengo un bello cuchillo para cortarla, filoso… ¿No entiendes?… Tranquila mi manzanita, yo sí… te espero”.

(Justo Ezequiel, una extraña sonrisa y el cuchillo. Suena el timbre y va a la puerta…).

FIN

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