Teatro, política e industrias culturales

Algunos chispazos
Gilberto Martínez

-Dramaturgo-
Director de la Casa del Teatro de Medellín

Cuando hace algunos días en una cafetería universitaria un estudiante me preguntó si todavía creía en la relación entre teatro y política, no pude menos que sorprenderme; más aún cuando a renglón seguido mi interlocutor afirmó categóricamente que, en conversación con otros compañeros, habían llegado a la conclusión de que ellos, los estudiantes de teatro, no iban a cometer los mismos errores en los que incurrimos los de mi generación; se refería a quienes de una u otra forma estuvimos involucrados en los acontecimientos teatrales y sociales entre las décadas del cincuenta y el ochenta. Y entonces recordé el poema de Bertolt Brecht que yo había leído hacía poco, “Con el alma en un hilo” (1939), escrito en los peores años de la crisis mundial que precedió al estallido de la Segunda Guerra Mundial:

Dices:
La causa de la justicia no avanza hacia buen fin.
La oscuridad aumenta. Las fuerzas disminuyen.
Ahora, después de tantos años de lucha,
estamos peor que cuando comenzamos.

En cambio, el enemigo es más fuerte que nunca;
Ostenta su poder con mayor fuerza
y mira a todos lados con ojos invencibles.
Sin embargo debemos reconocerlo:
Fueron nuestros errores los que lo hicieron fuerte.

Cada vez somos menos;
Las consignas son confusas.
Nos robaron las palabras y las han retorcido
Hasta volverlas irreconocibles.

Preguntas hoy:
¿Qué está mal de lo que dijimos entonces?
¿una parte o todo?
¿con quién se puede contar aún?
¿y nosotros, estos pocos que permanecen en la vigilia,
hemos sido expulsados del río de la vida?
¿quedaremos atrás,
sin entender a nadie ya,
sin que nadie nos entienda?
¿se trata de tener suerte, o no?
¿o de tener razón o no?

Así preguntas. Espera…
Sólo tendrás la respuesta de tu conciencia,
frente al sufrimiento de la mayoría.
Y al dejar el mundo,
No te preocupes saber si fuiste bueno,
Sino si el mundo que dejas es mejor.
(Extraído de: De Tavira, 2010: 10. Énfasis agregado).

Fue durante esas décadas cuando los hombres de teatro se alimentaron de lo que algunos denominaron, con todas las reservas que eso implicaba, “ilusiones revolucionarias”. José Monleón, una de las mentes más lúcidas en el quehacer crítico teatral español y latinoamerican, fundador y director de la revista Primer acto, afirma, en su artículo “La industria cultural”, que dichas ilusiones eran, frente a la realidad popular, construcciones ideológicas congeladas en un desenlace idealizado, ajenas a las realidades complejas y a la necesidad de atender las múltiples solicitudes de los distintos sujetos sociales. A menudo, el debate de la ideas se sustituía por un choque de convicciones apasionadas, incluso entre los defensores del cambio, estancando el discurso crítico. Luego, la historia de aquella conmoción latinoamericana y, muy concretamente, de Colombia, en el curso de la historia del mundo, ha sido lo que ha sido. Y de ella ha tenido que formar parte de la singularidad de una historia política que conjuga la presencia regular de la violencia, el depósito desordenado de una revolución, los graves desajustes económicos, el estigma del narcotráfico, y un extraño sentimiento de provisionalidad, de hermoso país a la eterna espera de una señal y de un día que ponga orden y justicia (Monleón, 2009: 26).

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Los conceptos de Monleón son indiscutiblemente válidos, si se toman como medida de lo que se pensaba y se sigue pensando, pero dejan de lado circunstancias y realidades muy concretas del movimiento teatral y de los representantes de esa época que buscábamos no hacer la revolución desde la escena, sino develar la singularidad de nuestra historia con un alto nivel de lectura política, en detrimento quizá de otros aspectos más caros a una estética defendida por una parte de la burguesía de ese momento, y más acorde con sus intereses. La “conmoción latinoamericana” se produjo a corto plazo, e indudablemente fue aplastada, pero permanece viva y dinámica, pues ella determina y configura una parte de lo que ahora es el teatro colombiano.

La dramaturgia, en general, considera tres tipos de conflicto: el hombre contra su mundo, el hombre contra el hombre y el hombre contra sí mismo. La época comprendida entre los años sesenta y ochenta, con su tendencia hacia la producción escénica con base en la técnica de la creación colectiva, se debatió entre las dos primeras nociones del conflicto dramático (el hombre contra sumundo y contra el hombre), y así dio origen, la mayoría de las veces, a realizaciones que sirvieron para estigmatizar todo el movimiento al tacharlas de lastradas y parciales por no crear personajes sino arquetipos y clichés sociales. Considero que este tipo de concepciones maniqueas, planteadas como verdades universales y que son auténticas “muletillas ideológicas” que circulan por el mundo del espectáculo y de la industria cultural, son las que han imperado en la superficie de los análisis críticos y han llevado a descartar y desconocer obras que fueron verdaderos paradigmas de lo que realmente se hacía y se hace en este país. Pero lo que fue peor: desencadenó una guerra feroz, especialmente mediante la censura a todos los niveles de expresión y comunicación, contra los que creemos que fundamentalmente el teatro, por su especificidad, es político en el sentido amplio del término. Y no nos olvidemos de los asesinados, que no fueron pocos.
En la actualidad, el movimiento de los grupos de “teatro de arte” se enfrenta a los poderes que manejan la economía en otro campo de debate y acción, que se ha explicitado en la conflictiva relación entre el arte teatral y la política: el de la globalización y la creación de las denominadas industrias culturales.

Todos creemos tener una idea de lo que es y significa la globalización, pero muchos de los especialmente beneficiados no quieren darse cuenta aún de lo que ella nos está dejando históricamente.

Cada vez el mundo es más injusto: las desigualdades económicas, que han difuminado el concepto de lucha de clases, son cada vez más evidentes y crueles; las guerras se suceden y los Estados enarbolan la bandera de la democracia para celebrar la caída de dictadores que ellos mismos han patrocinado; el terrorismo y la industria de las armas de destrucción masiva han aumentado en vez de disminuir, y, a todas éstas, la tan cacareada industria de la cultura aumenta el número de veocios1 en nuestro país

Medellín, febrero de 2011

Referencias
De Tavira, Luis, 2010, “Unos abrieron el muro mientras otros pretendían cerrar la historia”,
ADE Teatro, núm. 129, enero-marzo,
Madrid, Asociación de Directores de Escena de España.

Monleón, José, 2009, Memorias de teatro,
núm. 5, Cali, Revista del Festival de Teatro de Cali.

Autor entrada: Entreactos

8 comentarios sobre “Teatro, política e industrias culturales

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