Poética de la provocación

El teatro de Fernando Zapata

El presupuesto fundamental para el grupo Tacita ‘e plata, desde mi creación y mi forma de ver el teatro, es colocar el cuerpo al servicio total de la dramaturgia y la puesta en escena, así como debe ser la luz, la música y la atmósfera. Con este fin, con base en la historia novelada de Antonin Artaud, Heliogábalo o El anarquista corona- do, escribí una obra con una estructura dramática dialogal que a su vez tiene monólogos o soliloquios relacionados entre sí: Hel (varius). En este caso se trataba de narrar la muerte de Heliogábalo, el joven emperador romano, muerto a una edad muy temprana, catorce o quince años, descuartizado en las alcantarillas de Roma por el ejército romano y por su misma familia.

Este joven descuartizado por el ejército romano fue el detonante para hacer referencia a los jóvenes  desaparecidos  y  muertos durante los años noventa en América Latina, y sobre todo en Colombia. Cuando uno se ve afectado por lo joven, no es sólo por una atracción fatal, sino que se ve afectado por las estadísticas de muerte en aquellos años en los que también cayeron muchos intelectuales que estaban tratando de sacar la cabeza por este país.

Desde entonces, mantengo una relación temática con la muerte. Yo no quiero dejar de hablar de la muerte porque la muerte también es bella. Una de las premisas fundamentales de Hel (varius) es el bello cadáver, de cómo el cuerpo se vuelve un cadáver pero se vuelve también algo bello, y esto hace referencias a unas poéticas de corte entre artaudiano y genetiano. Con Hel (varius) nos queremos referir a asesinatos que siguen ocurriendo: matan a los hombres en la guerra y quedan los jóvenes y las mujeres, pero al final los que quedan son las madres cabezas de familia con hijos desadaptados, sin figura paterna, que después van contra las mujeres; es como volver al arquetipo. Ésa es parte de mi poética, como también lo es la provocación con el espacio: en este montaje los espectadores estaban sobre andamios, había poca silletería, y obviamente ellos sentían que había un riesgo representado en los andamios; de alguna manera era una evocación a la metáfora del circo romano.

Otro elemento que provoca a los espectadores es la desnudez total; nuestra premisa es exponer el cuerpo al máximo, pues en una sociedad como la de nosotros, que es ahora muy tecnológica y virtual, pero sigue siendo igualmente pacata y moralista, exponer el cuerpo de los actores de manera total es toda una provocación. De igual manera, los materiales que utilizamos para acercar- nos a los fluidos de esta clase de poética, como la leche, el engrudo, anilinas rojas, entre otros, agredían sus sentidos.

Otra de las características de mi producción es que provoco efímeramente, debido, en parte, a la imposibilidad de sostener un proyecto, de mantener un grupo de teatro de manera estable. Esas provocaciones efímeras también hacen parte de una estética efímera, con obras de temporadas muy cortas pero que logran una fuerte afectación en el público.

 

      Y ese público pregunta: “¿porque tanta violencia, tanta agresión, si ya hay tanto muerto en nuestro medio?” Pues precisa- mente por eso, porque uno sigue caminando sobre cadáveres, porque este país es como un cementerio bellamente adornado, con muchos corredores artísticos en la ciudad de Medellín, pero también con mucha muerte. En general, al público no le gusta verse reflejado, y por eso estos montajes lo afectan emocional y moralmente, por ver cuerpos desnudos, camino a la degradación, a la destrucción, a la fosa. Como artista, uno debe crear conciencia para no ceñirse a los cánones.
      Rompemos con lo aristotélico en el posmodernismo, pero siempre queda un remanente de pensar la belleza, esa belleza que contiene una idea de la construcción de la verdad y que es moral. Yo quiero seguir siendo crítico, seguir creando esas poéticas, esas metáforas, porque nuestro público quiere ver cosas alegres, ver comedias, divertirse, pero yo vengo de otra escuela, de una escuela de pensamiento sobre la poética teatral y su relación con los temas que afectan el desarrollo social y político del país.

Mi estética, mi poética —no lo niego— tiene mucho que ver con mi forma de vida, con mi condición de vida, con mis experiencias, esa relación siempre con la muerte, con Eros y Tánatos, con las identidades, con los gustos  y los placeres; de lo contrario, no sé de qué podría estar hablando.

Mi provocación también tiene que ver con algo que señalaba alguna vez un crítico mexicano: que nuestro teatro sigue siendo adolescente, así como nuestro público, pues debido a los medios nuevos, que van desde el cine, pasando por la televisión y el Internet, ya no estamos dispuestos a ver dos horas de teatro, y por eso las obras tienen que ser leves y veloces, como una masturbación joven, rápida, para que los adultos no lo descubran.

      Y entonces la pregunta es: ¿en qué afectamos al espectador?… con qué medios, formas y contenidos provocamos al espectador, para que no sea pasivo, diletante, acomodado; ¿será sólo con el tiempo de duración de la obra, o por lo que  estamos  planteando en el escenario?

 

      He venido provocando con el desnudo como poética teatral, y como forma de expresión contemporánea con mi cuerpo como soporte, desde Soledad quiere bailar, mi primera danzateatro dirigida por José Manuel Freidel en La Exfanfarria teatro. Este trabajo luego se desarrolló en una obra dramatúrgica  llamada  El  café de Soledad, dirigida por Alberto Sierra en 1994. Desde entonces he manejado esa consigna de romper el marco, romper la cuarta pared, romper la caja negra y, a través de la acción corporal, hacer que el cuerpo se vuelva el lienzo, el que recibe todo los materiales. En un momento dado se dice “no al texto teatral”, y entonces viene el teatro no verbal inspirado en la semiótica, en los estudios de la comunicación, en los discursos de la recepción; y también allí hay una provocación por- que los espectadores dicen “es que como no hay texto, yo no entiendo lo que la obra dice”; estos discursos contemporáneos son provocadores por las múltiples lecturas, son discursos a veces ilegibles, incomprensibles, para cierto público.

Pongo en la escena mi cuerpo y el cuerpo de los otros —con vestuario o no— porque hay ciertas cosas que se transmiten sólo con el cuerpo desnudo, porque llegó un momento en el que la cultura de la moda se volvió más teatral, más simulacro, más vitrina, que el teatro mismo, un momento en el que la categoría “vestuario” en teatro y la categoría “vestuario” en la moda, en la pasarela, no tienen ninguna división. Al exponer el cuerpo a ciertas agresiones, o cierta eroticidad, no moralizante, el espectador se siente agredido, rota su moralidad, sus corazas, y su forma de percibir el arte y el mundo.

      Me interesa el espacio a través de la danzateatro y el performance, y también me ha interesado transgredir el espacio convencional; eso lo he hecho en mis performances en ciertos espacios públicos de la ciudad, creando espacios no convencionales o espacios alternos; esto es algo que también ha incitado mi visión poética: instalar un espacio y exponer mi cuerpo y mi experiencia de vida a través de mis puestas en escena.

La provocación ha sido también con los temas mismos, por ejemplo, en Cabeza de familia la pregunta guía era qué está pasando con las madres, con las adolescentes embarazadas que viven en los barrios populares y que han perdido su pareja o su compañero, y han quedado cumpliendo todos esos roles. Otro tema ha sido el de la experiencia gay en toda su extensión, y no es que sea un dramaturgo homoerótico sino que quiero poner ante el espectador los temas de relación de pareja, que son casi siempre iguales no importa cuál sea la orientación sexual de los integrantes de la pareja; para mí no hay distinción en cuanto a la relación, pues en todas estamos reproduciendo esquemas culturales de poder, dominación-manipulación, víctimas-victimarios, hombre-mujer.

Estos temas y su profundización nos han llevado a una reflexión acerca de dónde están los actores maduros para hacer las obras maduras, dónde están los directores con experiencia para que llamen a los actores maduros y no tengan que pelearse con jóvenes que no alcanzan a dimensionar el valor de una obra fuerte, llamémoslo así, dentro del estilo de los relatos modernos, una obra de contenido fuerte, a comparación de las dramaturgias juveniles tan en boga en la actualidad, dramaturgias y puestas en escena que muchas de las veces derivan en pos- puestas light y evasivas de la realidad.

    Entonces ésa ha sido la manera como la escritura de mis textos y mis prácticas en las artes escénicas han correspondido a esa estética: con preguntas sobre quiénes somos, de dónde venimos, sobre lo urbano, las identidades sexuales y lo marginal; ése ha sido mi trasegar en este territorio del teatro.

 

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