La mujer de las rosas

La mujer de las rosas

Teatro La Hora 25
Dirección: Farley Velásquez
Año: 1998

 

“Por profunda y fatal que sea la pérdida,
por importante que sea lo que nos hayan
arrancado de las manos, aunque nos hayamos
convertido en alguien completamente distinto
y sólo conservemos, de lo que antes éramos,
una fina capa de piel, a pesar de todo,
podemos continuar viviendo, así, en silencio”.

H Murakami.

Me sorprendió escuchar que esta obra es, también, un homenaje a las mujeres que esperan a sus desaparecidos. Pues la muerte no siempre está mediada por el acontecimiento de morir en el sentido orgánico de la palabra; morimos muchas veces y de muchas formas; morimos para unos pocos o para unos cuantos o para uno. También morimos simbólicamente, cuando nos vamos o nos arrebatan de ese lugar al que pertenecemos y de esos seres a los que amamos y con quienes nos acompañamos. Y aunque en La mujer de las rosas hay indicios de muerte física, como un cuadro pintado con rojo sangre o una presencia lívida que transporta el cuerpo de un niño, es probable que también se hable de otra muerte; eso explica quizás el hecho de que el fantasma crezca, envejezca, que no sea inmóvil en edad y tamaño: “Algo muerto que parece por momentos vivo aún / Un sentimiento suspendido en el tiempo / Como una fotografía borrosa / Como un insecto atrapado en ámbar”. Estos símiles de un fantasma, escuchados en la introducción de la película El espinazo del diablo, son figuras que no crecen, que se suspenden. Pero el fantasma de esta obra va caminando al lento ritmo de los años, pues quizás, va tomando la forma y el tamaño de la ausencia que en sí mismo representa.

Cuando Farley Velásquez, director del Teatro La Hora 25 y de esta obra, leyó el cuento de Gabriel García Márquez llamado “Alguien desordena estas rosas”, por sugerencia de Héctor Gallego Lorsa, un director de Medellín, su sensación fue de imposibilidad. ¿Cómo poner en diálogos un texto literario que se logra sólo con imágenes? ¿Cómo traducir a palabras esa atmósfera y esa compañía que se leen densamente silenciosas? La respuesta fue un teatro silente: una escena cuya fuerza está en el movimiento, en las miradas, en los pasos. Algún grito sutil, una frase clave y ya está. La dramaturgia de La mujer de las rosas es una dramturgia del cuerpo y del espacio. El texto está puesto en los movimientos y lo que sabemos de los personajes no es lo que dicen sino lo que hacen.

Es entonces través de esos movimientos: pasos, portazos, caídas, saltos, trotes, unos brazos extendidos, una danza contra la pared, que se presenta el recorrido cronológico que nos lleva de la infancia a la vejez. Diez generaciones de niños han actuado ya para esta obra, interpretando, de manera verosímil, el recuerdo de esa mujer que languidece sentada en una silla mecedora y acumula polvo mientras sus huesos se desmoronan.

Mujer de las rosas Teatro La Hora 25
Mujer de las rosas Teatro La Hora 25

 

 “Alguna vez, yendo a un viaje al campo, encontré a una viejita sentada en las afueras de su casa peinando su cabello largo y canoso. La miré y se me grabó esa imagen.  Al regresar, volví a encontrar a la misma mujer, la misma acción y ahí vi la imagen que me ayudó a resolver el paso del tiempo”; y es que como el teatro carece de una tecnología que le permita pasar un subtítulo que diga ’40 años después’ y, en este caso particular, la ausencia de texto tampoco permitía el uso de alguna figura literaria, de una expresión, de una palabra mágica que nos lleve a los espectadores cuatro décadas más adelante, la resolución debía estar en una figura concreta, una imagen poética, un silencio activo: eso hace la mujer cuando, tras una ventana, comienza a peinar su cabellera mientras un polvillo blanco comienza a cubrirla. Nieve, quizás o, mejor, años. Como en esa canción popular que dice: “se está poniendo blanca toda mi cabellera, la nieve de los años me está cayendo ya…”

Y es aquí cuando dice Velásquez que el teatro es, ante todo, “un encuentro de humanidades”. La viejita del camino no supo lo que hizo y cuánto le aportó a la construcción de esta obra. Y, a pesar de las desavenencias con Gallego Lorsa –una discusión sobre la autoría de la obra–, fue él quien sembró en este director la semilla de esta propuesta. Y los veinte niños, y las actrices y los músicos que compusieron y cada hombre y mujer que siembra, corta, empaca y distribuye los cientos de flores que están en el escenario: todas son las humanidades que se congregan en un montaje de unos 70 minutos de duración.

“¿Cuándo morirá esta obra?”, le pregunto a Farley Velásquez. “Esta obra está muerta ahora mismo, porque sólo vive en el momento en el que es representada”, me responde él. El teatro se concreta en el instante, en lo que actores, técnicos y público logran ahí mismo, en un presente simple, compuesto y progresivo que no olvida la existencia de los demás tiempos gramaticales. El pasado en el que se crea, se ensaya, se escribe y el futuro en el que se encuentra la memoria en la que quedará estampada la obra. La mujer de las rosas, al igual que cualquier obra de teatro, conjuga estos tiempos, pero en este caso, además, deja ver de manera concreta el tránsito de la niñez hacia la adultez, la vejez y la muerte.

Ya son 17 años con La mujer de las rosas como parte del repertorio del Teatro La Hora 25. Se puede ver como una serie de imágenes fotográficas que hablan de la soledad, la muerte y la memoria. Las puertas resuenan, las hojas secas crujen, las flores huelen; en últimas, es una obra que, cuadro a cuadro, se siente.

“Así está en el mecedor desde hace veinte años, zurciendo sus cositas, meciéndose, mirando hacia la silla, como si no cuidara al niño que compartió su infancia, sino al nieto inválido que está aquí, sentado en el rincón desde hace cuarenta años. Es posible que cuando vuelva a bajar la cabeza pueda retirar las rosas. Iré hasta la colina y regresaré a mi puesto, a esperar el dla en que ella no vuelva al cuarto y cesen los ruidos en la pieza vecina. Entonces tendré que salir otra vez de la casa a avisarle a alguien (si es que entonces existirá alguien) que la señora de las rosas, la que vive sola en la casa arruinada está necesitando cuatro hombres que la conduzcan a la colina. Tal vez entonces se sienta satisfecha, cuando sepa que no es el viento invisible lo que todos los domingos llega hasta su altar y le desordena las rosas”.

Alguien desordena estas rosas
Gabriel García Márquez

Comentario por: Jenny Giraldo García

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Autor entrada: Entreactos