Holocaustos

Holocaustos
Eduardo Sánchez Medina

 

A Rosa

 

Personajes:

Goreana
Hilda
Viejo Guertzo
Hombre
Mujer
Cocinero 1
Cocinero 2
Pasajeros
Militares

I

El espacio escénico está atravesado por dos rieles de oriente a occidente o viceversa. Es de madrugada, la bruma se mece dejando escapar rayos de luz que golpean el piso y el metal. Las butacas de los espectadores se mueven al tiempo que se percibe el tra- queteo de los ejes de un tren que se aproxima. La bruma se espanta y es rota por una locomotora que aparece, detrás… cinco, seis, siete, ocho, nueve vagones… el ruido continúa casi hasta desaparecer. La imagen de tres vagones ha quedado congelada en el espacio escénico. Cada vagón está ocupado por pasajeros que aún duermen. Un vagón con camarotes, otro con el piso de madera y el tercero con sillas reclinables.

Un hombre alto, de vestido azul, con ojos claros, bigote rubio y abundante, atraviesa los vagones mientras se peina el cabello sujetando un gorro debajo del brazo. A su paso algunos pasajeros bostezan, otros roncan, otros… retira en ocasiones algunas piernas atravesadas que interrumpen la marcha, maletas, zapatos…, abre y cierra bruscamente las puertas que se encuentran entre los vagones y desaparece por uno de los costados, introduciéndose en otro vagón.

Una mujer robusta con guantes blancos y rotos, delantal de cuero, zapatillas negras y un tapabocas, arrastra un carrito en el que transporta agua, desinfectantes, traperos y escobas. Ingresa al baño de un vagón, cierra bruscamente la puerta.

El cocinero, con cara de “tonto”, recorre los vagones con un balde, despertando a los pasajeros y ofreciendo a cambio de unas monedas huevos cocinados. Del otro costado, un segundo cocinero, con un balde humeante y una cuchara de madera, sirve a los pasajeros pequeñas cantidades de café. Los pasajeros sacan utensilios.

Sobre el techo de un vagón se posa un ave “de mal agüero”, sus plumas son batidas por el viento, al tiempo que esculca sus alas con el pico amarillo que en ocasiones dirige al cielo, y lanza un graznido agudo. Los pasajeros hacen especial silencio. El ave continúa su acicalamiento y todos vuelven a la “normalidad”.

Se escucha el pito del tren, los pasajeros presurosos se dirigen a las ventanillas y ob- servan expectantes… no pasa nada. El ave espantada levanta su vuelo. Al cabo de un tiempo, todos regresan a sus actividades, unos recogen sábanas y cobijas, otros cam- bian su indumentaria, varios avanzan hacia las zonas de fumadores, otros ingresan a los baños, algunos niños se quedan pegados a las ventanillas dejando un vaho suave en los vidrios, que limpian cada tanto. Otros toman café.

Intempestivamente, los vagones desaparecen absorbidos por la oscuridad, el sonido de los ejes se hace estridente, casi insoportable. Se escuchan gritos, caen chorros de agua, aparecen llantos y destellos de luces que palidecen, una luz de emergencia intermitente atraviesa veloz el espacio, gritos, llantos, ejes, agua, luces se desvanecen en la oscuridad.

II

Un hilo de agua cae sobre la espalda de una mujer semidesnuda. La mujer, con sus pies puestos dentro de una palangana y sentada en un banquito, mueve las manos tejiendo un cordón imaginario e interminable.

Goreana: Viajamos, viajamos, el túnel nos nubló la vida, nos aturdió para siempre. Mi hija se aferró a mí y su llanto me arañó hasta herirme de por vida, al otro lado del túnel la encontré sin respiración.

III

Un chorro de luz acaricia la piel del viejo Guertzo. Él de perfil, desnudo y sentado en una silla porosa un poco después de leer un periódico.

Guertzo:

    • Las entrañas de la tierra en ocasiones hacen vibrar el corazón. Sólo veía lo que escuchaba en aquel momento, no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. “Caramba”, me dije, y luego eché a gemir. Maldita ave de mal agüero que posó sus garras sobre el techo, maldita ave que miró al cielo y nos despojó de la única esperanza, maldita ave, maldita, no puedo apagar su graznido de mierda, maldita sea, maldito graznido, mierda de mierda, ave maldita, única esperanza.

(El periódico vuelto añicos, queda esparcido por el piso). (Guertzo se acuesta lentamente sobre los trozos de periódico).

IV

Al interior de un charco, la silueta de ella. Mujer casi cuerda que nunca se acaba, la más vieja, la más colorada, la más ronca, la más desorientada, la más inmadura, la menos cuerda, la de menos. Lo único que queda de ella es esa silueta que se refleja en el charco azul.

Hilda:

    • Qué curiosidad, pero qué curiosidad… ¡vaya curiosidad! Me quedé pegada a la ventanilla, el bullicio golpeaba las paredes del túnel, el choque de los metales era evidente, sentí que iba a morir con el vidrio pegado a mí, ningún paisaje, sólo oscuridad, al final el rostro plano y sucio y en él los ojos bien abiertos. Mi madre se aferró a mi vestido hasta rasgarlo, me dejó en ropa interior, nunca más le vi. Después de la oscuridad, huérfana. Hilda y su sombra, Hilda y su silueta, siempre Hilda y su espejo, siempre Hilda la de menos.

 

V

La luz se apodera de los vagones, poco a poco se ven pasajeros aferrados a paredes, sillas y camarotes. Otros abrazados entre sí, comienzan a abrir los ojos lentamente, fastidiados. Equipajes, utensilios y diversas pertenencias han quedado esparcidas por los vagones. Suena el pito del tren. Todos corren a las ventanillas e intentan observar…, no pasa nada. Al cabo de un rato regresan a sus lugares y comienzan a organizar sus pertenencias. El tren disminuye la velocidad hasta detenerse, los pasajeros ob- servan un campo abierto y desolado, silencio. Transcurrido un tiempo los comentarios se hacen evidentes. El hombre de azul, ojos claros y cabello rubio ingresa a un vagón y ordena a los pasajeros descender, acción que repite en los dos vagones siguientes. Desaparece, su voz se escucha a lo lejos dando la orden de desalojo.

    • }

Al descubierto, un alambre de púas extendido por militares que comienzan a aproximarse y rodear a hombres, mujeres y niños hasta cercarlos. Todos miran en diferentes direcciones, descubren cámaras expuestas, altoparlantes y reflectores en el entorno. Un militar con una manguera lanza agua sobre las personas.

VI

Guertzo:

    • No podíamos hablar entre nosotros, sólo mirarnos y esperar. Pensé que el holocausto había terminado. Corrían en mi mente algunas de las cintas más famosas hasta llegar a la Lista de

Schindler.

VII

Un frío espantoso acaricia el cuerpo de Goreana, su cabello se congela, la escarcha cae de su piel y ella a medio caminar golpea el piso con los pies. Alaridos silenciosos dila- tan sus pupilas. A un costado el río congelado, al otro pequeños montículos de nieve empujados por el viento. Goreana por entre dos rieles desplaza su, a veces pesado y a veces ligero, cuerpo.

Goreana:

    • Los colores se ausentan, las ideas escasean y el tiempo corre en blanco. Hombres que se aferraron a mí, voces que vibraron, campanarios que me estremecie- ron, ¿Dónde estáis? ¿Acaso os ausentáis de mí?

Trozos de nieve escapan por su boca.

Goreana:

    • No te entretengas, déjame acariciarte, no congeles mi corazón, todavía soy joven y contemplo mi alma. Acaso, ¿El brío al que pertenezco es imperceptible para ojos tan claros? Déjame desnudar tu pensamiento, a tiempo estoy, el holocausto es un proceso largo y mortal… sobre todo largo. Alambres de púas rasgaron vestiduras pres- tadas, huellas de militares quedaron atrás y con ellos sentimientos esparcidos sobre la nieve. ¿Dónde estás hija? El túnel te dejó sin respiración, ¿Dónde estás? Los rieles se juntan a lo lejos, ¿Estás allí?

Una ráfaga de viento levanta capas de nieve que sepultan el cuerpo de Goreana. El lugar se convierte en una nube que se desvanece, al tiempo que el sonido del tren se intensifica hasta cruzar el espacio. La nieve se tiñe de rojo.

VIII

Hilda, iluminada por el fuego que consume miles de trozos de madera. Su silueta impasible se dibuja en el espacio. Ella, la de menos, reza, ríe, calla, llora.

Hilda:

    • Anochece, amanece, atardece, el calor, el frío, la tormenta, el delirio, calles nocturnas, aceras diurnas, alarmas, motores, destellos, canciones, venganza, risa, caridad, todo es soledad. Huérfana, Hilda huérfana. La oscuridad me dejó pegada al vidrio. Odio los trenes, uniformes, gritos, aves y pitos. Jamás subiré a un tren, jamás viajaré, jamás olvidaré. Nos violaron, nos humillaron, nos tiraron agua, nos engaña- ron. Grandes reflectores iluminaban durante la noche, cámaras nos avistaban durante el día. Altoparlantes lanzaban réplicas mientras los cuerpos se derrumbaban uno a uno. El silencio después era insoportable. Hombres y mujeres caminaron una y otra vez en frente mío hasta derrumbarse. Ancianos solitarios, pegados a alambres de púas rezando bajo lámparas oxidadas. Paredes humanas en movimiento, unos recostados a otros y éstos a su vez recostados a otros y así sucesivamente hasta el infinito. ¿Cuántos dejaron allí sus respiraciones? ¿Rayos de sol o gotas de lluvia?

Hilda ingresa a la hoguera poco a poco, su cuerpo es abrazado por las llamas.

Hilda:

    • Hilda la de menos, silueta ya difusa, superficialidad y enojo. Tengo que gritar para escuchar el eco, tengo que herir para sentir que me pertenezco, tengo que vocife- rar para saber que muero, no dejar huella eso quiero. ¿Dónde estáis ejércitos y pelotones de fusilamiento? ¿Dónde estáis “pasajeros”? ¿Y tú, madre, estás ahí? Hace poco tiempo escuché un eco, hace poco tiempo escuché tu lamento, aquí estoy, al otro lado del túnel, soy sólo una huella. Voy a ti, voy a mí, no soy huérfana cuando pienso en ti.

Hilda deambula iluminando el firmamento con su cuerpo hasta desaparecer por completo.

IX

El Viejo Guertzo, fantasma del tiempo, hace su aparición desde la tierra como una raíz.

Viejo Guertzo:

    • Entre mis arrugas la tierra se alojó, entre las púas mi cabello se enre- dó, ahora ancestro y a la vez recuerdo soy. Arrullo de un nuevo milenio, tengo la fuerza suficiente para agregar un pensamiento más a esta odiosa encarnación. ¿Acaso nuestras cenizas polvo son? Un nacimiento más no me hace olvidar los campos de concentración, mantengo la huella del tiempo en la mirada, no necesito olvidar, somos esencia de poco y mucho a la vez, semillas de cuerpo y alma también.

 

    • No soy copia ni repetición, nada se hace igual, no se aprende a vivir. Una moral se rinde para dar lugar a otra ya contaminada.

Guertzo sacude el cuerpo; apresurado, abre un hoyo en la tierra, se masturba y depo- sita en él su semen, que luego cubre con la tierra. Fatigado, reza una oración hasta la muerte.

X

Plataforma de una estación de trenes. Dos cocineros con cara de tontos traen consigo baldes humeantes y cucharas de madera.

La bruma se desplaza por entre los pilares de la estación. Desde la distancia, el des- tello de luz de una lámpara, el hombre de uniforme azul, con su gorro bajo el brazo aparece, se detiene junto a los baldes, detrás, una mujer robusta con guantes blancos y rotos, delantal de cuero, zapatillas negras, y un tapabocas, arrastra un carrito en el que transporta agua, desinfectantes, traperos y escobas.

Mujer:

    • Guten tag.

Hombre:

    • Es usted una cínica.

Mujer:

    • Hace frío.

Hombre:

    • ¿No sabe decir otra cosa?, Usted que todo lo limpia, hasta su propia imagen. Se esconde detrás de tan insignificante oficio sin dejar huella… es usted una fachada.

Mujer:

    • Un holocausto.

Hombre:(Saca un peine, lo escupe y lo pasa por su cabello).
Mujer:

    • La guerra culminó.

Hombre:(A los cocineros)

    • ¡La guerra culminó! Cocinero 1: Eso dicen todos los días. Hombre: Acabó, se acabó.

Cocinero 2:

    • Todos los días dicen lo mismo.

Hombre:

    • ¡Finito!

Cocinero 1:

    • ¡Mierda! No.

Cocinero 2:

    • ¡La puta! No puede terminar.

Mujer:

    • Van a levantar los rieles para hacer una carretera.

Cocinero 1:

    • Eso dicen todos los días.

 

    • La bruma los envuelve. Minutos después rayos de sol la penetran y en el piso quedan dos baldes humeantes, un trapero, una carretilla con desinfectantes y un gorro.

 

    Eduardo Sánchez Medina

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