El País de las Mujeres Hermosas

EL PAÍS DE LAS MUJERES HERMOSAS.

Director: Falery Velásquez – Jorge Iván Grisales
Teatro: La Hora 25

SEPTIEMBRE

Es un día de septiembre, despierto y lo contemplo dormir, cuento las veces que duerme a mi lado, son pocas.  Le encanta arruncharse en la cobija de retazos, retazos que quito y añado en sus ausencias. Circulo por el pasillo de piedras que he acuñado una a una hasta el patio, en esta casucha de tejas de zinc y de tapias de barro trenzado con boñiga, no me canso de levantarme al mismo tiempo que mis gallinas, cacareando con ganas enormes de vivirnos un nuevo día…de espera.

Lo miro dormir mientras le acaricio su pelo enredado que despierta en olor a hierbas, a agua de monte, acaricio sus manos bruscas de gigante con cicatrices callosas.

Saldrá en silencio del cuarto y caminará hasta el lavadero, hará un buche  de agua y lo arrojará mirando al cielo, se pondrá el machete y sus botas  amarillas de barro, se persignará sin ser visto y rezará tres Ave Marías…

Me sorprende mirándolo como al único hombre hermoso creado por Dios, y yo sin dejar de verme en esos ojos serenos, en los que vuelan pájaros de la montaña, le doy en un pocillo el café que toma sorbo a sorbo, me da un beso, esos besos que guardo en mi pecho y que me dan fuerzas para esperarlo una o a veces dos lunas… hasta que regresa de la arriería… camina hablando entre susurros o canta una canción lenta que hace dúo con el viento que arrastra las hojas de los árboles del caserío… “cuatro milpas tan sólo han quedado del ranchito que era mío”…

En el corral y a pleno sol, contemplo la espalda ancha llena de cicatrices que los golpes que sus mulas, le marcan en la piel.  Les silba y las saluda con un grito: “ohccc” ellas saben que llego él, su dueño, que serán varios días por los caminos; cierra los ojos y les acaricia el lomo, me mira como quien quiere mirar pero que no lo miren, y guarda en su memoria mi figura triste que queda en su ausencia, arrojo el asiento de café por entre la maleza y voy a la cocina a prepararle el desayuno.

Han pasado muchos septiembres, hemos envejecido, pero él no se queja nunca, la vejez en su cuerpo se toma el tiempo necesario para enjalmar las mulas, llamarlas por su nombre, revisarles sus patas y mirar si no faltan herraduras, entra a la cocina y me susurra: “cuida a los muchachos y si falta algo, fíalo en la tienda, que te anoten en la libretica”.  Luego, toma de la despensa varias libras de panela y unadocena de limones, llena su garrafón de agua, de agua de montaña; desayuna de prisa, muy de prisa, como si quisiera huir, como si quisiera perderse por los caminos gritándoles a sus mulas y no queriendo pensar en su pobreza, como si no quisiera cuestionar nada de esta existencia y menos discutirlo con Dios.

x

Mientras se va, yo disimulo y trato de retener las lágrimas, aunque sienta un rio, aunque esté inundada por dentro, él sabe que guardaré las lágrimas.  Lo despido y continúo con mis oficios, corto algunas ramas de rastrojo para hacer una escoba y barro, barro la casa, para que esté limpia a su regreso.

Lo veo desaparecer por el camino del pueblo, las colas de sus mulas espantan las moscas, siento que me dicen adiós… veo como caen en el piso de tierra mis lágrimas, se oscurecen al golpearse contra el polvo…

Los muchachos empiezan a despertar y sienten la casa ausente de su padre…

Enciendo una vela a la Virgen y oro para que el camino esté libre de fusiles, de minas, de hombres con manos como sierras.  Me siento, ya es la tarde, vuelvo a remendar la colcha de retazos

Entonces te pienso y trato de recordar, tengo las envolturas de papel confite de los dulces de la primera cita, tengo la imagen de la Virgen que me regalaste un domingo de septiembre en nuestro aniversario.  En tu ausencia empiezo a nombrarlo todo de nuevo, tengo la única fotografía que nos tomamos juntos antes de nuestra boda, recuerdo tus ojos, las fiebres, tus noches con hambre, tu cuerpo desnudo y oculto tras la borrachera de ron; tus manos tomando el sombrero mientras arrodillado en la iglesia, orabas como si no fueras feliz, tengo tus recuerdos, me pertenecen, tengo tu olor a raíces, tu ropa sucia, tus zapatos de domingo lustrados en el pequeño armario, con tu correa negra, tu machete nuevo, tengo la camándula de tu madre, tengo la carta con la cual pediste mi mano, tengo tu cuerpo apretado en mi memoria, tengo tus risas, tus alegatos, los gritos con que rejoneas a los animales, tengo tus sandalias llenas de barro y tengo susurros, susurros, algunos susurros de amor, de ti, un campesino, hecho de campo, de maíz, de piedra, de montaña, tengo tu pasado, tengo un jardín de flores, que saben de ti, de mi dolor, un jardín donde he puesto un altar para tenerte vivo hasta que encuentre todas tus partes.

¿De qué sirvió reunir a las gentes, pedirles que cuidáramos el agua y los bosques?, ¿De qué sirvió que les hablaras con sabiduría?: “Si convertimos un árbol en leña podrá arder un instante pero ya no producirá flores ni frutos. Hay suficiente tierra para que todos vivamos en paz mientras que no envidiemos lo que hay al otro lado de la cerca de nuestro vecino”.  Pero no todos los hombres te escuchaban, algunos creen que les pertenece la vida humana, hombres que tienen la lengua como cuchillo, las manos como sierras, no eran de maíz sus palabras, eran de pólvora, los niños ya nacían con heridas, pues las madres al mismo tiempo que parian, apagaban con sus manos las llamas, y luego, las casas deshabitadas, las cosechas perdidas y este silencio, este no poder decir nada. ¡Los gigantes! esta angustia de vivir como enanos, bajo la sombra del pie del gigante.

¡La tierra la hacemos indigna!, ¡la vida la hacemos indigna!

¡Trancamos las puertas en las noches de violencia!

Te amo, amo tus dedos, uno por uno, separados de tu mano, amo cada trozo de tu cuerpo esparcido por los caminos, amo las mulas que lamieron tu sangre, amo las piedras del rio que retienen tus huesos, amo tu voz de enano que aturde a los gigantes, amo el silencio de tu voz, tu voz ahogada en el silencio de tus gritos de ira; no te veo regresar, no te veo, intento reconstruirte, recogiendo, juntando todo lo que tengo de ti, para morir juntos, no quiero pensar que duermes disperso entre el monte, o en la garganta de un pájaro o debajo de la tierra removida, solo, con sed, como si no supieras de mí.

Y… te espero, te digo que te espero… como si ignorara que no puedes volver.

Encontré pedazos de enjalmas, encontré el garrafón de agua de monte, una herradura de tus mulas, tu sandalia, llevo años y años buscándote; pregunto si saben de ti a las gentes de las oficinas, de los edificios, de las carreteras, a los militares de todos los bandos, a los hombres de todas las cárceles, todos me dicen que es inútil, que no podré encontrarte, y ¿quién podrá encontrarte… si no yo?

Soy septiembre, tronco. Soy todo lo que dejó tu corazón.-

ABRIL

Los gritos y gemidos en la casa funeraria no cesan, intentan hacerme volver, mis pequeños ojos pegados se entreabren y escudriñan a través del pequeño vidrio de la caja de madera, trato de comprender que día habré muerto.  Tal vez llevo un día o menos, recuerdo, que antes de morir, salí del baño, miré a mi hijo pequeño y luego semidesnuda, comencé a sentir un dolor como si se me partiera el corazón, no pu

IMG_2056

 

de escribir más, no recuerdo más. Escribí, tres días seguidos, no había dormido, como lo hice catorce años atrás, cuando no podía dormir los sábados debido a los ensayos con el grupo de teatro.

 

Quisiera decirle a mi padre algo verdaderamente sincero, ahora que lo veo llorando y gritando: “maté a mi hija, maté a mi hija…” decirle que no le tengo odio, tampoco le

guardo ni un poco de amor, decirle que ya no podré repartir su polvo blanco a los hombres que siempre sonríen.

Yo guardaba con mucho ingenio la bolsa de polvo blanco, junto a mi ropa de ensayo, sabía que esa bolsa de un kilo tenía que entregarla al caer la noche, a esos señores que desde niña siempre me sonreían; esas bolsas de todos los días, pagaban nuestra comida, la casa y la ropa que mamá usaba para ocultar los moretones de los golpes que le aparecían los domingos en la mañana, después de discutir con mi padre.  Recuerdo que íbamos a misa con los ojos llorosos.

Mi padre sigue llorando y mira mi cadáver dentro de la caja, mientras yo lo miro desde aquí; a mi lado mi madre, que acaricia mi brazo mientras trato de acariciar el suyo, hoy no está bien vestida, parece que no le importan los morados de la sangre coagulada, habla de mí, con vergüenza, le dice a mi hermana menor que yo no me suicidé.

Todos los que llegan, tratan de cerciorarse que he muerto, dudan que esté muerta.  Sí, soy yo, la chica que murió después de cuatro días, drogada y ebria, la que intentaba escribir sin parar, la que no podía dormir.

Llega él, con su cabello despeinado, fumando, tiene siempre un cigarrillo en la mano derecha, el humo delgado le sube inquieto por el borde de su chaqueta azul oscura, se siente incómodo por las miradas de todos los dolientes, mira mi caja funeraria, desde la puerta, recostado, mira mi caja, mira al piso y luego mira a mi madre, camina despacio, abraza a mi madre y llora, deja correr unas lágrimas hasta el borde de su barbilla y luego las limpia bruscamente con la manga izquierda de su chaqueta azul.  Mi madre y él se abrazan y yo los contemplo como si estuviera viva.

Es la segunda semana de abril, quizá un jueves, camino entre los hombres y mujeres que me lloran, entre los curiosos y los niños primos que se ríen al encontrarse y hablan sin parar.  En el pequeño cafetín de la funeraria, los hermanos de mi padre toman y hablan de negocios, de vez en cuando dirigen alguna que otra mirada curiosa a mi padre, que abrazado a mi caja mortuoria, suspira frases enternecedoras y me habla como si yo fuera todavía una niña.

Cuando tenía seis años, leía cuentos y discutía con mi hermana; nos disgustábamos por el vestido, por el helado, por las muñecas; alguna vez en una riña de niñas le grité: “ojalá te mueras…” ahora ella le toma la mano a su novio, no habla, mira con odio a mi madre y con más odio a mi padre. Murmura: “¿Por qué?… ¿Por qué?”

Me acerco, acaricio su barriguita, ella oculta cada día las preocupaciones que produce un vientre adolescente que se va llenando, hay una bebé allí dentro, tendrá tres meses, una bebé que intenta venir al mundo, mientras yo intento irme de él.

Los visitantes quieren aclararse mi muerte, creen que yo era una loca, ¡loca!, me avergüenza este país, me mató este país de injurias y de balas, ¡loca!, no me faltaba uno, me faltaban todos los tornillos, cuando estaba sola en el teatro, me desnudaba y corría por el patio de butacas, amanecía caminando por las autopistas embriagada, en los inodoros me quedaba horas sentada en un rincón espantada del mundo. (Lee los escritos) Hoy la vida no tiene sentido, me quiero morir. ¿Volveré a ver este mensaje?” Si no tocas el fondo no podrás salir a flote; querida mujer anónima la vida es bella, el valor está en las pequeñas cosas, todas alguna vez nos sentimos así: no estás sola, llámame.

Busqué el amor…me fui a los lugares donde podría encontrarlo, en lo místico: pero los dioses no tienen nada que ver con este mundo, quizá todo allí se queda en un estado de contemplación; fui al otro fondo, dejé que los hombres usaran mi cuerpo una y otra vez, mi cuerpo era una puerta que se abría y se abría entre los brazos de los hombres, mi cuerpo era almohada de plumas, vestido colgado al aire del juego de la imaginación, un árbol besado por la lluvia, unos senos sobre la mesa del festín, una vagina de leche miel y vino; era un libro para leer, era el laberinto de la mujer que vuelve a casa, con la mañana en los ojos, con hombres dentro del cuerpo; habitantes de mi cuarto donde escribía y escribía; para deshacerme de ellos, los hacía huir en las palabras, con las palabras, y mi sistema nervioso explotaba como tú en la foto que hacia pedazos y volvía a pegar, mis fosas nasales eran dos volcanes arrojando moco-sangre-pus, desde mis vísceras vomitaba palabras hasta que quedaba exhausta con la niña que era yo y que no ha muerto como yo hoy aquí.  Pasaba horas quieta, inmóvil, esperando la muerte, que como gallinazo asechaba al borde de mi cama.

Mi padre me obligó de niña a llevar paquetes con polvo blanco, con mi hermana caminábamos la ciudad de los hombres que siempre sonríen.  Esta ciudad en la que ya no quería estar despierta.

Mi madre le cuenta a él, al hombre de la chaqueta azul, como morí, yo escucho atenta, quiero saber cómo fue mi muerte, mi madre recuerda los tres últimos días, cuando escribí sin parar, los tres últimos días ebria y lejana, con mis nervios acelerados hasta el cansancio, le recuerda que miré mis juguetes y abracé a mi hijo, que no comí, que el mundo fracasó en entretenerme, que de nada sirvió jugar a que el mundo era otra cosa, que cuando parí a mi hijo, nunca pujé, guardé silencio, como si estuviera cometiendo un crimen, me avergoncé… un poco…pero me avergoncé.

Estoy feliz de verlo en mi entierro, llora y le pregunta a mi madre por mí, camino con él hasta la caja donde está mi cadáver, me avergüenzo otra vez, estoy tan fea, pálida, ojerosa, blanca como una flor muerta, siento pena; acaricia mi mejilla y dice casi en silencio: “estas hermosa como siempre…”

Llegan muchas coronas, las colocan a mí alrededor y yo lo miro a él, ha venido a verme y a decirme que estoy hermosa.

El reloj de la casa de velación señala las tres de la tarde, crecen los gritos de los dolientes, los gritos de mi padre, su olor a cebolla y aguardiente se mezcla con los olores de los jazmines, margaritas, rosas, astromelias; inundan la sala pintada de color blanco.

Las mujeres ancianas rezan y cantan, nunca nadie, ni mi mamá, que yo lo recuerde cantó para mí… miro hacia la calle, la gente pasa y una que otra persona mira con curiosidad, es la velación de la mujer que se quitó la vida, la que ofendió a Dios, reprochando con su acto la existencia, yo todavía soy una niña que mira a la gente pasar mientras mi cuerpo está en la caja y mi hijo juega con las coronas, mi padre bebe con sus amigos y gime como un animal enfermo, envenenado, mi madre mira a mi hermana… y yo miro al hombre de la chaqueta azul, aquel hombre es la voz potente, es el verso, él es la inspiración de mi tiempo en la tierra, él me duele, aunque esté muerta, él es las cartas que no envié, él es el dueño de mi cuerpo, de ese cuerpo ya cerrándose al mundo volviéndose mudo, él es, será mi invierno, será el verano, será las noches lluviosas.

Salimos hacia el cementerio, camino tras la procesión minúscula, por la calle principal, ya no tendré un día siguiente, mi cuarto estará solo, mi máquina de escribir se detendrá letra a letra, sus teclas se inmovilizarán, todas las historias que escribí en ella se volverán polvo, el polvo de las historias que ya nadie escuchará, morirán como mi cuerpo ahora aquí.  Miro las calles que no envejecerán, cruzamos por el parque, no es sábado, no es domingo, es la tarde, viajo en el carro funerario, acompaño mi cadáver, en el cementerio unos hombres terminan de abrir mi tumba, busco por todas partes tu olor, veo los rostros de familiares y amigos, te busco, corro, corro, pero no puedo alejarme de mi tumba más que unos metros. Te veo, ahí estas como mi hombre de la chaqueta azul, fumando un cigarrillo, alejado, tan lejos ya de mí, caminando sobre arenas movedizas.

Quisiera escribirte, pero la muerte me gana, me ganó como a todos les ganará, decirte muchas cosas que siento y pienso pero que no comprendo; ¿hasta dónde puede llegar la maldad de los hombres que nos oprimen? que se reparten las riquezas de la tierra volviendo cruel a los hombres que en su humildad tenían fe en algo mas allá de las tejas de la casa; los emborrachan, los enferman, los envenenan con la religión: bienaventurados los hombres deseosos de justicia, porque ellos serán saciados. ¡No comprendo! La crueldad es lo que quiero de mi humanidad que muera hoy en mí.

Soy hecha a imagen y semejanza de la roca, de la montaña, de la piedra, soy hoja, bosque de piedras, lágrimas de mariposa, unos ojos que parpadean cuando sienten tu olor, ¡amor mío! Pero soy también imagen de esta pobre humanidad, de esta miserable humanidad.

Te diré que te amo, amor mío, aunque estoy muerta, sin fuerzas y sentada al lado de mi tumba, viendo como todos le tiran tierra y lágrimas a ese cadáver  que fue la prisión de lo que ahora empiezo a ser, ¡un espíritu!  He preparado las palabras para mi lápida: entre la fecha de mi nacimiento y la de mi muerte, todos los días son míos.

Amor mío: sé que no sabías que mi hijo era también tu hijo, el hijo que huyó conmigo, el hijo que te escondí, el hijo que tiene tus ojos, tu risa, el hijo que tiene tu olor, el hijo que corre en este bosque funerario, ahora estábamos los tres como una familia que nunca fuimos.

Todos se van yendo y yo te veo, ¡amor mío! llorar desgarrado, arrastrado por el dolor, miras a nuestro hijo y toda la naturaleza te arroba ¿lo entiendes…? tómalo de su mano amor mío, y acércate a mi tumba, juntos como si fuéramos una familia.

Yo soy abril, soy el mar, soy tus lágrimas.

NOTAS DEL DIRECTOR: Yo estuve el día del entierro, esto se me quedo en la memoria. No sabía qué hacer cuando me dijeron que había muerto yo morí durante 4 días, esto es un homenaje, tengo una fotografías de Ricardo III ella está dentro del publico viendo la obra. Pusimos un video, volvió a los ensayos, era un volcán todo el tiempo enerupción, esos escritos existen.

OCTUBRE

Siempre tuve claro que iba a volver. Esta es mi ciudad, el primer día que llegue a mi casa, habían pasquines en todas las paredes, pasquines que decían: “Esta es la puerta de octubre”… ahora me encuentro por la calle con los hombres que me violaron delante de mi marido y de mis dos hijos, me encuentro con estos hombres que ahora son mis vecinos.

131219_441819962567535_261960577_o

 

Nos llevaron a una escuela, cada noche y cada día venían, con un calcetín en la cabeza, y me preguntaban: “¿quiere que la violemos o prefiere mirar?” A veces uno, a veces un grupo, así, durante un mes, un año, la vida entera, todo era añicos, todo era así…

En la mesa grande de guayacán, acostaron a mi esposo y a mis hijos, el aire olía a su sangre, yo miraba a mis hijos con tanta dulzura como me alcanzara y les gritaba que nada dolía, que se fueran felices por entre el aire, como si fueran insectos, debía haber un país sin hombres, sólo insectos que vuelan persiguiendo el perfume de las flores…

Todo huele a alcohol, a sudor, a tu sangre

 

Hace tiempo no hablo, todas estas imágenes están dentro de mí, imposible arrancarlas de las entrañas, no hablo, con la esperanza puesta en el olvido… intento olvidar sin saber que nunca podré… no soy capaz de hacerle algo a mí misma:

Me violaron tantas veces, tantas que no sabría contarlas, mis hijos lo vieron todo, olían mal, todo olía mal, a cebolla, a aguardiente, a suciedad, a cuchillo, “¿cuál es el más afilado?” me preguntaron, y pasaron el cuchillo por el cuello de mi hijo… he visto correr el agua por los arroyuelos y he visto morir a los arboles, sé de niños que no nacieron, de niños que no dejaron crecer, de niños que se arman y se vuelven cuchillos.

Cuando tenía trece años me colgaron un fusil en el hombro, mis brazos empuñaban aceros, me cortaron mis trenzas, me vistieron de hombre y me enseñaron a escupir fuego, yo me parecía a la selva, mis oídos se aturdían con las voces fuertes que prometían mundos mejores y nos hablaban de paraísos que existían después de los fusiles, de mundos que aparecerían…  cuándo se acallará el ultimo cañón, cuándo dejaremos de hacer fosas comunes, cuándo la montaña dejará de respirar humo… ¿Habría un mundo donde podría estar con mis hijos y olvidar día a día a los muertos? yo nunca creía que un hombre que empuñara un arma, iba a ofrecerme un mundo mejor, nunca pensé que unos hombres que amarraban por siglos con cadenas a otros, podrían devolver la sonrisa a mis labios, la paz a mis ojos, los árboles a la montaña, los desaparecidos a sus madres, la sangre a las venas, nunca pensé en medio del humo, que vería mi casa sobrevivir al fuego, nunca pensé ver morir a niños y a niñas en manos de hombres que hablan de libertad, ahora veo como fusilan los arboles, queman caseríos y convierten a nuestras niñas en sus esposas, les cuelgan aceros en sus cuerpos y asesinan bendecidos por Dios, nunca he sabido de donde provienen las balas, no sé cual bando mata, roba y saquea más que el otro, no distingo colores de banderas, ni sé de fronteras y discursos, sé del hambre, del llanto de los hombres separados de sus familias, sé dé la ausencia de los que nunca regresan…

882733_441820052567526_697733321_o

Yo soy Octubre, vuelvo del campo a la ciudad, esta es mi ciudad, lo que queda de ella, ahora vivo entre los hombres que me sacaron del monte, ahora son mis vecinos, ahora pertenezco a los hombres que salvaron a mi familia, que mataron a mi esposo y que me violaron delante de mis hijos.  Las mujeres estamos en el mundo aptas para cuidar, amar la infancia, gozan, tienen alegría, consuelan la tristeza, no inventan la guerra, la mujer procrea, poco sabe de exterminar el mundo entre sus muslos.

Siempre tuve claro que iba a volver… esta es mi ciudad… el primer día que llegué a mi casa, la televisión decía de triunfos y de glorias, de hombres podridos y perfumados…

Por el televisor desfilan imágenes del triunfo de la guerra, televisión das asco.  Todos son héroes con sus fusiles en hombros y sus braguetas arriba.  Les rinden homenajes a los hombres armados, todos aplauden a nuestros violadores, a los matadores de las familias.

La muchedumbre es tan cruel como los poderosos, los aman, aman a los verdugos y saborean sus crímenes, por honor al dios de los ejércitos, y el líder político dijo: “Tengo por nombre muerte, me fue dada la potestad sobre la tierra para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra”.

Oh gloria Inmarcesible, no cesó la horrible noche y la libertad no es sublime y nadie comprende las palabras del que muere en la cruz…

Tengo derecho a un jornal anual por ser víctima, una pensión, una miseria, la riqueza se reparte entre los poderosos, mi ciudad está completamente reconstruida, donde apenas queda rastro de los morteros y las granadas en las paredes, no alcanzó la victoria contra los enemigos, no alcanzó para la reconstrucción de nuestras vidas.

 “oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal… el surco de los dolores el mal germina acá, la humanidad entera que entre cadenas gime”

Una mujer embarazada somos dos

Muchas mujeres fueron gestadas en las violaciones, hoy nuestros hijos preguntan por la identidad de sus padres ¿qué les decimos?

“Duérmete mi niño, duérmete ya, que los hombres al mundo le hacen mucho mal”

Ahora me encuentro por la calle con los hombres que me violaron delante de mi marido y de mis dos hijos, mi ciudad aprendió el lenguaje de los bárbaros, todos estos hombres que ahora son mis vecinos.

Les miro a los ojos.  Es lo único que puedo hacer, con esta gente no se puede hablar.

Siempre tuve claro que iba a volver.  Esta es mi ciudad. El primer día que llegué a mi casa, había un pasquín que decía: “Esta es la puerta de Octubre”.

Siempre tuve claro que iba a volver.

Antes de morir confieso que desprecio a este país, el país de las mujeres hermosas, te desprecio por tu infinita necedad, por tu generosa impiedad, por los crímenes a las mujeres embarazadas, por colgar en los hombros de niños y mujeres fusiles, por convertir el sol en un puñal, por convertir la existencia en algo atroz, por tu justificada manera de matar, me da vergüenza ser parte de este país…

Siempre tuve claro que iba a volver. Llevo tantos días muerta, sin poder mover los ojos que miran mi casa, yo soy Octubre, nací en la guerra, morí en la guerra, ahora estoy en esta ciudad, siempre supe que iba a volver.

Como si fuéramos insectos, debía haber país sin hombres, sólo insectos que vuelan persiguiendo el perfume de las flores.

Yo soy Octubre, soy roca, soy invierno.

883473_441820155900849_1495784085_o

JUNIO

Nací en la tierra del Arauca, de la Araucaima, donde los ranchos de abarco parecen eternos entre las hierbas que mueve el aire fresco, el valle está lleno de ganado y de siembra, nací de gente humilde, pobre pero mi sangre es rica como los minerales del rio.

Emiliano llegó envuelto en una pequeña cobijita con bordes rosados, de un día de nacido, papá lo traía apretado al pecho y con su otra mano el cabestro que jalaba a la yegua colorada y al mulo tuerto, pero mamá no venía, se había quedado en el cielo y nos había dejado un niño como de treinta centímetros, que lloraba y olía a orín, papá me miro fugazmente y dijo: “tú serás de ahora en adelante la mamá”

Aprendí a lavarlo en la orilla de la quebrada.  Orfilia, la mujer que vendía cuajadas y arepas de queso, que creció con mamá en medio de los Llanos, que fueron amigas desde chiquitas, que sólo asistieron como dos años no más a la escuela, la que decía: “que cada niño venía con un pan debajo del brazo”, me enseñaba a darle de comer y a preparar sopitas de guineo machacado, de los guineos de la parcela de papá.

Yo era la mamá.  Por las tardes, cuando Emiliano hacía siesta porque había logrado hacerlo dormir, me acostaba en la cama grande donde dormía mamá, la sentía en esa alegría que da el vientre lleno.  Luego me levantaba e iba al tocador, me peinaba grandes moñas y usaba sus zapatos de tacón, me pintaba las uñas y sacaba una gotita de sangre y me la untaba en las mejillas, entonces me parecía en todo a Ella. ¡De pronto el llanto de Emiliano! corría hacia la cuna que estaba hecha de chamizos de guayabo, y le cantaba pedacitos de canciones que nos cantaba o las que cantaba cuando lavaba ropa y a veces se quedaba lela y silbaba pasito, pasitico… (Silba una canción)

La mariposita amarilla se posa en la barriga de Emiliano mientras le doy baños de sol… hay un buitre en la copa alta del guayacán, ese buitre al que Jaime mi hermano y yo le tiramos piedras para que se vaya y no se robe un polluelo de la gallina cocotera.

Ahora que soy mamá de Emiliano no me queda tiempo de ir a donde Orfilia a ver televisión, está a una hora de camino y papá se va todo el día a cuidar la siembra.  Cuando llueve en la madrugada me levanto más temprano, junto los leños, atizo el carbón y tengo lista el aguapanela, porque papá se va a sembrar pasto para aprovechar el agua que cae del cielo.

Todas las noches, incluso las que no recuerdo, papá reza con nosotros, el silencio alrededor de nuestra casa nos asusta, los hombres armados pasan muy cerca de casa, papá cree que algún día pueden caer bombas del cielo, las cosas que caen del cielo matan las vacas, queman las cosechas y dejan trozos de hombres que parecen florecer en los árboles… yo rezo por los pollitos de la cocotera, para que no sean presa de las garras del buitre.

Yo casi no duermo, Emiliano me despierta toda la noche. ¡Cómo hace de falta mamá!

Cuando Emiliano cumplió seis años, yo ya sabía de todo, al menos casi todo lo que hacía mamá, lavaba, planchaba, cocinaba y cuidaba la casa, que era tan sola con nosotros tres, en medio de cosas que caen del cielo, con el buitre rodando y papá tan lejos amando la tierra.

Mi vereda se llama Flor Amarilla, hay tantas flores amarillas en verano, que abundan las maripositas, hace un sol redondo, es Junio, es intenso el verano.  Como es domingo, papá almorzará con nosotros…

La mañana del domingo está repleta de hombres armados, han llegado al portón de nuestra casa y preguntan por papá, el hombre pregunta queriendo ser amable y yo siento frío, ese hom885276_441821399234058_681537596_obre me mira como el buitre mira desde el cielo a la cocotera. Algunas veces los hombres con armas nos visitan para intercambiar o comprar vegetales, de los que le salen a papá de las manos y del sudor de sus piernas… papá siempre se persigna susurrando: “el que nada debe, nada teme” y los atiende formalmente, mientras Jaime y Emiliano agarran mi mano con temor, nos juntamos y miramos a través del andamiaje de bareque, de nuestra aterrorizada casa.

Mi papá me grita, como queriendo mostrar dureza en su voz, “traiga limonada para el comandante”, mi mano se roza con la del comandante cuando le doy el vaso de agua con limón exprimido, es inmenso, fuerte, me parece feo, feo como todos los hombres que visten armas, feo, frío; hay tanto silencio que por un momento puedo escuchar las alas de las maripositas rozarse cuando chupan el néctar del árbol flor amarilla.

Papá se sienta y habla con ellos… al rato todos esos hombres se van, papá decide volver al huerto y sembrar sus manos en la tierra el resto del domingo.

Unos días después usted, el hombre que no dejó de mirar mi cuerpo, ni parpadear su ojo de buitre, regresó cuando el día era más sólo, cuando sólo estábamos los tres… los cuatro, cuando el mundo se había quedado solo, y ningún adulto, ni un suspiro de Dios nos salvó de sus respiraciones sobre mí, ni nos salvó de sus manos apretándolo todo, ni de su odio besándolo todo, ni de su machete que destrozaba las flores amarillas del jardín de la casa, ni de su fuerza, la fuerza de las fieras que llevan armas matándolo todo.

Cuando papá regresó, encontró la casa desolada y empezó a buscarnos, habíamos desaparecido.

Yo escuchaba debajo de la tierra, debajo de los chamizos, la voz de papá gritando nuestros nombres, hasta entrada la noche, yo abrí los ojos como pude y veía la casa, pero desde el cielo.

En los ocho días siguientes papá recorrió una y otra vez todos los caminos, y llegaron muchos vecinos, Orfilia entre ellos; y nos buscaron, pero ninguno miró hacia arriba, como en las nubes, como en el aire, como en lo más profundo de los matorrales, nosotros estábamos por todas partes, en casi todo.

Lo único que encontraron fue algunos empaques de víveres, de los hombres armados que habían dejado botados por ahí, algunas plumas de los polluelos de la cocotera, pero de nosotros tres nada, aunque yo los miraba buscarnos desde el cielo.

Papá y los vecinos decidieron intensificar nuestra búsqueda, papá nos creía vivos, que habíamos huido, o que yo habría cogido el monte, aburrida de reemplazar a mamá, de dormir en la cama grande, de aguantar sus manos que sembraban en la tierra y que sembraban en mi vientre, que me había ido con los hombres armados porque ya me había vuelto mujer.

Hay sangre seca en mis piernas y maripositas sobre el tumulto de tierra mojada, la tierra sabe de huellas de botas, la tierra sabe a entrañas del hombre, la tierra sabe de nuestros cuerpos desnudos, estrangulados y destrozados, la tierra sabe de los corazones infantiles que ríen y juegan a buscar a mamá…

¡Sí!, ¡papá! debajo de estos dos montones de tierra estamos nosotros, volviéndonos, roca, agua y cementerio de niños…

Cuando encontraron nuestros cuerpos, trataron de dar aviso a los hombres armados, los campesinos recorrieron varios kilómetros de valles y colinas y cuando encontraron al comandante, ese hombre, sin perder ni por un segundo la compostura, ese hombre le dijo a mi papá y a los campesinos que no podían hacer nada porque no era su tarea recoger muertos…

Ese comandante llegó a casa un día por la tarde, se detuvo debajo del árbol donde el buitre miraba el gallinero, tenía fusil, tenía machete, venía todo mojado, como si le hubiera llovido sudor, preguntó por papá, yo estuve en silencio mientras me empujaba para detrás de la casa.

Yo me llamo Junio de 14 años, mi hermano Jaime de 12 y Emiliano de seis, ese día los tres mirábamos nuestra casa desde el cielo.

Usted pensó en mí, desde el día cuando el pelotón de hombres armados a su mando visitó nuestra casa… usted le dijo a mi papá y a todos los vecinos, usted, mi asesino dijo que me había conocido y que había tenido encuentros fugaces conmigo, la niña de catorce años que ya era mujer, la niña que brotó del campo, del vientre de la rosa, de mi madre que parió trayendo a Emiliano a su camino, a la crueldad de sus manos.

Usted dijo que nos habíamos hecho novios, yo no sabía de amores, de apretar un hombre, de dejarse besar, yo sólo reemplazaba a mamá.

Usted dijo que no era mi asesino, ni el asesino de Jaime, ni el asesino de Emiliano…

Ahora yo le digo, desde donde estoy, pues ya no puedo morir otra vez, que yo soy Junio, que soy el verano, que sé cuidar a un niño recién nacido, que soy todavía una niña flor amarillo, yo le pregunto:   ¿Para qué la vida para un ser como usted?  ¿Para qué la vida para un hombre que mata a Junio?

Pero yo ya estoy en todas y de todas partes lo miro a usted, al asesino, soy agua, soy el polluelo que huye del buitre, soy Junio, sin mamá, sin Jaime, sin Emiliano, yo lo veo todo desde aquí, veo desde el cielo mi casa, veo el buitre que mira los polluelos de la gallina cocotera.

Ahora estamos los tres, ahora está mamá, ahora está papá, ahora estamos los cinco y miramos desde el cielo mi casa, tan sola a veces, todo es fuego, resonar de fusiles y gritos de furias y victorias…

Yo soy Junio, yo soy todo el verano.

MAYO

Veo los ejércitos de hombres, veo sus cabezas vacías bajo los cascos. Veo las hordas de cosacos y de hambrientos lobos, los veo en los bordes de la oscuridad… les veo el blanco de las órbitas de sus ojos; las líneas de sus cuerpos, todo lo inhumano al acecho. Sus miembros que sostienen sus formas se desplazan en la arena sin hacer ruido perceptible, el filo de sus dientes abre heridas al aire de este anochecer.  Silencio… la fuerza de su voz rechina en los oídos de su pueblo amado, todos atados a la verdad, a su verdad perversa e inhumana, pone a sus hombres y a su pueblo a sus pies, el sabe de Stalin, de Pinochet, de Milosevic, de los hombres poderosos que desde sus salivas lanzan bombas a las chozas de los pobres, hombres blancos que orinan sobre los rostros masacrados…

abismo que los muertos no terminan de llenar.

De qué me sirvieron todos estos años con el corazón latiendo, me avergoncé de tu amor, tus manos culpables de todos los crímenes apretaban camándulas y escapularios. En nombre del amor por tu pueblo realizaste millones de asesinatos, no dejaste de visitar la tumba de tu padre y entre lágrimas juraste enterrar a todos los que según tú, lo convirtieron en cadáver.  Tu único alivio es la venganza, enviarás a todas tus tropas donde es posible la guerra. Quiero pensar y actuar como el enemigo, bailar sobre las carnes destrozadas, beber la sangre de todas las víctimas y luego sonreírle a las multitudes.  Prefiero que tus hijos vuelvan a mi vulva, vuelvan a mi cuerpo sus vísceras. Destruiste el mundo aquí.

Ya conocen mi historia: no hay nadie que no la haya visto repetida tantas veces al mirar la T.V. en los noticieros, cuando están por acabar de comer, y en las telenovelas cuando los niños cabecean con ganas de dormir; no hay ni una de las mujeres que en su silencio no haya soñado alguna vez con ser esta mujer, nacida en alguna parte de estas tres cordilleras.  Los sentimientos criminales, las ansias inconfesadas

885236_441821172567414_199206232_o

 de las mujeres, murmuradas en el desierto de sus días, viajan por el viaducto de la memoria y vienen a derramarse aquí, en mí, como una especie de conciencia subterránea, ¡yo soy su grito!  Han acudido aquí para que la escena del asesinato se repita ante sus ojos, de otra forma claro está, y un poco más rápidamente que en la realidad, pues eso sólo ocurre una vez.

Tienen poco tiempo, ya lo sé, pues les esperan las obligaciones del hogar y la cena, y sólo pueden dedicar unos cuantas minutos para verme y oírme… ¿llorar?…Y en ese corto espacio de tiempo es preciso que no sólo mis actos, sino también mis motivos estallen a plena luz, aún cuando para afirmarse han necesitado que pasen unos cuantos años más de los que tengo.

En estos poblados de indios, negros y mestizos las mujeres nos preparamos para el hombre antes, incluso, de que este aparezca al mundo para ser iniciado en la protección de un animal, planta o elemento.  Este país donde en cada ciudad habita un Nerón que exultante pisotea las nuevas Romas, ciudades perfumadas de tu hediondez. Habrá Marco Antonios y Calígulas.

(Canto de nacimiento):

Si aprendí a contar desgranando las mazorcas de maíz, fue para poder llevar las cuentas de la prosperidad que nos daba la naturaleza al ser multiplicada.

Entre los habitantes del pueblo donde nací, él fue escogido acorde con el animal de mi protección.  Yo fui deshojada de mis ropas,  yo sentía sus dedos fríos con olor a nicotina de sus manos, el me despojaba de mis ropas, me quitaba la piel, mi piel de mujer.  Yo tengo el olor a asados, cocteles y brandy, olor a límpidos y jabones que lavan la sangre, las noches de fiesta con tus invitados políticos, huelo como huele esta hacienda, a desapariciones, secuestros y torturas; y cada noche caigo rendida, dominada por el cansancio y arrullada por tu voz amable y mentirosa.

Yo estoy arrullada en esa cama que se duerme sola, y el llega estrenando el amanecer de algún domingo, se despoja de su armadura. Sin bañarse, se queda con el olor de sus soldados muertos, me desnuda tratando de descubrir en mí a su amante, esa amante que aturde su cabeza, me sube el vestido hasta la cintura y hace a un lado mis bragas y me penetra mientras susurra nombres de mujeres. Yo conozco sus nombres de tantas veces que él las menciona a mi oído cuando tiene fiebre.

Y cuando dormido termina de eyacular, yo le retiro su pene húmedo de entre mis piernas, acomodo mis calzones y cubro mi cuerpo tímido con el vestido, mientras yo me agarro a la cobija y espero que la noche lo atrape y se duerma buscando calor en sus recuerdos vagos. Tiene pesadillas constantes, dolorosas, se despierta agitado, toma la espada y llora en un rincón, sonámbulo como un niño que adora matar y se asusta con los espectros que caminan descalzos por sus sueños.

Al día siguiente yo barro el cuarto tratando de juntar una a una las colillas que reposaban bajo la cama, poco queda de la campesina que montaba a caballo, poco queda del cuerpo de muchacha maquillada y bonita de pueblo, soy ahora la esposa de este gamonal, que tiene fincas y extensos valles llenos de ganado

Ustedes lo vieron envejecer por guerras que tuvo que librar para defender la tierra que despojo a otros, ¡la tierra…!

-El poder de aquel que sabe que su fruto es ilícito, vuelve bestia a ese animal que hemos domesticado-.

Le veíamos en la televisión que convierte en farándula todo lo que toca, en mito, en falso ídolo.  Diez años bastaron para envejecerlo, desgastado por los vicios que genera el poder, marchito por las caricias de sus compinches y las mujeres compradas, salpicado por la sangre de las masacres.  Mentiroso, marrullero; pero sólo yo estuve con él desde el inicio hasta el día de hoy en que…recojo sus huesos…

2

Cuando todo era lleno de luz y placentero, desplazarse por el piso de madera, servirle los frutos de esta tierra de nuestros ancestros, en nuestra mesa hecha por sus manos, era sentir la eternidad, el dolor era dulce, el agua que regaba hacía florecer hasta las piedras.  Cuando volvía de la labranza, caminábamos al atardecer contándonos los sueños, ponía sus manos y el oído en mi vientre para escuchar la cimiente.  En la noche el olor de las flores le hacía cantar, entonces nos abrazábamos.

Muchas veces partió a nuevas conquistas y cada vez la ausencia era más larga. Los hijos crecieron acompañados por su voz en el celular que cada vez se sentía más acosada, ese animal se oía respirar con la boca abierta, la lengua afuera y los colmillos afilados. Algunos de sus reclutas me traían mensajes, cada vez más distorsionados y mentirosos, que me aferraban más a mis querencias y hacían aborrecer la codicia que genera todo lo deplorable en que se puede convertir un ser humano.  Pero todo el progreso que pudiera haber traído la explotación de la riqueza de nuestro suelo se bañó en sangre; los rostros de las fiestas, los cuerpos de los bailes, el espíritu de los cantos, eran de miedo y de horror, las gentes no eran más que sombras.  Yo misma me convertí; sentí en estas noches en que sólo escuchaba el grito del exterminio, que mi animal estaba enajenado; así que enganché hombres cerca, hombres dañinos, para vigilar, asechar y asesinar.  Forzaba al labrador para poder alimentar a ese ejército de desocupados, de inútiles, a mis hijos los envié a otro país a petición de él.

El asesinato de su padre por parte del ejército enemigo lo hizo regresar.  Lo sentí en el olor del aire que venía de la sierra, casi no lo reconozco, venía delante del polvo de cenizas, entre la jauría de sus guardianes que berreaban, chillaban, bramaban, balaban, rebuznaban.  Su aullido sobre la algarabía, dio la orden de ir casa por casa en busca de los auxiliadores del enemigo.

¿Era eso lo que había dejado el tiempo?…

La madera del piso, los manteles, las cortinas…el olor de los alimentos lo hicieron quedarse en silencio e ir hasta sus orígenes, luego desplomarse exánime, su animal salió de esa oscuridad, lo bañé, lo acaricié para calmarle la rabia de la venganza, pero se levantaba de su pesadilla y salía al patio a dar órdenes.  Por unos días le canté las antiguas canciones, le aseaba…con la esperanza de devolver el tiempo, de borrar lo imposible.  Se necesitarían al menos dos generaciones para hacerlo.

Aquella noche después del reporte de sus reclutas y de las órdenes para las correspondientes ejecuciones, entró al lugar, borracho, sudoroso de sangre en el umbral, había en mí una dulzura, una ternura tan inmensa que le hacía abandonar toda suerte de ímpetu asesino, pues de un sólo golpe podría dejar mi cabeza estrellada contra el muro.

¿A qué se debía?…

Y mientras la pregunta hacía eco en mi memoria, le tomé el brazo y lo puse sobre mi hombro y caminamos juntos hasta la alberca construida de piedras en el piso del patio interior de cielo abierto a las estrellas.  Caminamos como quien decide irse para no regresar.  Se dejaba hacer, como un hombre sin voluntad, le llevé al cuarto y le preparé agua de hierbas para que durmiera…se la cargué con unas gotas como para que no despertara.

El desasosiego me sacó del cuarto, fui por el corredor hasta salir al patio donde se reunía con los jefes de su ejército: ¡un chiquero! Lo que dejan las orgías de sangre estaba ante mis ojos…  y de allí vino la idea, me dirigí a la alcoba pasando por el cuarto donde tejía para recoger las tijeras, corté su miembro y lo arrojé a su ejército de borrachos.  La horda se dispersó, ya no tenían jefe, y como no saben hacer otra cosa, buscan a quien pueda pagarles por nada, por ser inútiles.

Te capé como a un cerdo con unas tijeras, cuando estabas dormido y borracho, con la ayuda de la noche que te sujetaba a su confianza. Te sujetabas a la imagen de la Virgen.  Mayo: de qué te sirvieron todos estos años con el corazón latiendo, Mayo se avergonzó de tu amor, de tus manos culpables.  Mayo lloró todos los crímenes de tus manos que apretaban camándulas y escapularios.

Soy Mayo, arena, manos con sangre y miro al abismo

Please follow and like us:

Autor entrada: Entreactos