¡Ay! días Chiqui – monólogo

¡Ay! días Chiqui

José Manuel Freidel

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Vive en un sótano, en una cloaca. Hay un teléfono público.

¿Qué hacer? ¡Son las cuatro! ¡Qué terror, las cuatro! Hora de cuatro de tarde maltrecha y sin maquillaje. ¡Uchis! Espanta de cuatro de tarde y con esta punza de malparidez.

¿Si será cierto lo de la Gorda? Eh… No creo que la hayan descuartizado con sus ojos y lonjas chorreantes. Muy raro, la Gorda sólo cantaba y putiaba y reía con sus trinos inocentes.

¡Teléfono a mil!

Toma unas monedas y va al teléfono.

¡Carla, mujer! Habla La Chiqui, quería saber si era certeza lo de la craneada con la Gorda; creo que me lo chismorrearon tarde-noche y tú sabes: la farola, el rouge y tanto brinco y rebrinco no nos permiten enmellizarnos con la tragedia. ¿No sabes nada? ¡Pa’joderte querida! Que hartera de tarde ¿No te parece? Y sin nada para calmar. ¿Se iría descachada esa Gor­da debiéndome dos lucas? Si sabes algo me llamas inmediatamente.

Carla impreca a Chiqui…

Ya, ya; no era para tanto. Fresca ahí… Se le agradece. ¿Amiga? ¿Amiga de qué?

(Cuelga la Chiqui).

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¿Será que no vas a andar reloj de mierda? Siempre te estancas en lo peor del hueco de segundos secos, segmentados y cerreros de simetrías sosas. Tengo un hambre y una sed, más que lámpara incandescente sin aceite y ¡con este tormento de espina dorsal! ¡Qué horror! Ayer vi vomitar sobre las aceras y desde las ventanas a todas las habitantes de la urbe. Las señoras se descopetaban y les caían sus lenguas y los señores tan serios dejaban un desparrame de cor­batas, ahí, sobre el piso… y ese pan­tano de desechos recorrido por los mendigos, los niños locos de las calles, lamiendo aullidos floridos ¡Qué triste noche! ¡Ah! ¡Pero mejor que el día! Son las cuatro. Reloj de espanto y quietud de cuatro, cúmulo de tarde, ¡con vacío acuciante y punta anca! ¡Tengo un desespero en la punta! en ese pequeño espacio donde ubicamos el alma, en la punta inacabada, ahora en el sitio del ensueño, ¡en la pura pun­ta, niña!

¡Qué pasó con la Gorda? ¿La matarían? Alguien me contó que le cince­laron sus bellas tetas gordas con la despacitud del desespero y le zanja­ron tormento a tormento sus encías que trinaban. ¡Malparida Gorda, te fuiste debiéndome dos lucas! ¿Can­tarías algún bemol tardío? ¡Ay! Son las cuatro y esta ventana no me dice nada. Pasa un señor somnoliento y un niño con su pelota, un globo vue­la… Quiero perderme en esa nube, mancha de cielo, forma de arlequín, Chiqui, serías divina buscando una estrella, pero eres tan solitaria y tan terrena. Sin vuelo, sin mancha de cielo, sin nube y con tu espacio en cua­tro. Reloj corre hacia las siete para que mi rouge espantaje las sombras ¡Qué despeluque!… ¡Qué reguero de pinzas! Estoy nerviosa. ¡Qué nervios! Qué nerviosa estoy… no me queda ni una pastilla. ¡Nada! ¡Ni un peso! Ni para bareta tengo ¡Dios! ¡Para qué! No sirve de nada, sólo le habla a otras voces… Este silencio de tarde que respira el germen de los crímenes nocturnos me crispa la peluca y me en­candila. Chiqui, no te puedes dejar vencer, respirar profundo, dicen, es sedante, mejor que el sueño.

(Juega a meditar a lo Zen)

¿Por qué la matarían? La Gorda era bondad y bombón de fresas para esos transeúntes anónimos que la abordaban.

(Risas mil)

Cómo los desplumaba con su hipno­sis en bemoles sostenidos hasta el infinito y ellos, los machos ebrios, sesumían en el sueño inocente de los marineros ahogados por la voz sono­ra de la sirena Gorda.

(Llantos mil)

¿Por qué te fuiste Gorda, debiéndome las dos lucas? ¿Por qué? Ni una letanía, ni una vela, ni un incienso que­maré por tu alma. Con esa plata pen­saba saldar la última cuota de mi peluca roja.

(Arenga cual Gaitán, histérica).

Así es la vida: ni una descosida pelu­ca roja podemos lucir las maricas. Estamos jodidas, estamos jodidas ¡Carajo!…

Bueno, estaba tan borracha que has­ta la soñé en mi laguna de noche. ¿Será cierto? Mejor llamo a la Toti, refrescaré esta cránea con un chisme certero…

(Busca monedas y va al teléfono).

Better the better very good.

¿Aló? ¿Toti? ¿No? Chica, ¿con quién hablo? ¿Chemi?… ¿Qué hacen allá niñas?… ¡Nooo! Desaparecida… ¿Dos días desaparecida la Toti? Válgame Changó, niña, con quién estará de brinco… No. Es de espanto lo que di­ces… No he leído, con qué tiempo, en esta trasnocha y esta fuma con qué tiempo enterarme. ¿Que son disposiciones legales? Niña, si somos las flo­res que adornamos la noche. ¡Ay!, no, mentiras… Sí, sí, claro, estoy con todas. Bueno, te dejo, ciao.

¡Dios! ¡No, Dios no! Virgen del Car­men que eres mejor protectora. Consígueme un periódico. ¡Tú no, cómo estamos de locas! Donde mi vecino, mi vecino me lo presta.

(Se cubre con alguna prenda y sale llamando a Hermi el vecino, entra de nuevo).

Mis gafas, carajo. Dónde dejé mis ga­fas, ¡una bien llevada, bien ventiada y bien ciega! Como un topo sin saber lo que pasa en el mundo. ¡Ay! Aquí están…

(Lee)

“La ciudadanía, encarnada por las voces más esclarecidas de nuestros estamentos, informa que en los días venideros se incrementarán las bati­das contra los homosexuales-traves­tis, que invaden con su moral desver­gonzada las calles de la ciudad impregnándolas de su nauseabundo olor. Esta costumbre insana, del dejar hacer, del dejar pasar, toca a su fin. El gobierno, obrando así, pone su sello de dignidad, moralidad y buen tino. Esperamos que estas medidas se incrementen con mayor brevedad ya que…”

(Rompiendo el periódico).

¿Ya que qué? Perros lamidos en pe­rro, con vociferes de perro, con aulli­dos de buitre, con paso de alacrán. Perros, mil veces perros. ¡Atreverse! Osar, ¿por qué? Buscan afanosos chivos expiatorios inocentes; inmun­dos cerdos de la perdición. Ustedes no han visto el lastre de las calles con el fantasma de la muerte aco­sando porque no hay con qué rasgar el viento.

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Ustedes no han visto tampoco delirar de frío a niños y ancianas y caer, como caen los insectos fulminados por los insecticidas, para que las ratas sacien su hambre.

Ustedes no han visto cómo corre un gran vacío y atraviesa las almas de los hombres que huyen de sus propias sombras.

¡No! Ustedes no han visto nada, sólo buscan tapar los huecos con sus man­datos infames.

¿Tal vez la Gorda, mi amiga del alma, la que me hacía las crespas, fue cin­celada y sus bellos trinos de oro des­parramados sobre el cemento por ustedes? ¿También la Toti, si está desaparecida, fueron ustedes? Que sí sa­ben disfrazar sus aguijosas vidas con sotanas, con balas de plomo y medallas inhumanas; con leyes descarna­das en corbatas de sangre, para tapar así sus inmundas mierdas de polvo, miseria, masacre y robos sin fin. ¡Ustedes, ustedes!

Chiqui ¡Qué terror, Chiqui! Ahora sí tie­nes por qué estar nerviosa. Un aria de lamentos para mis amigas muertas.

(Canta un aria, quema el periódico).

Qué triste la tarde con sus lamentas tardías, qué triste: sólo sopla un ruego, sólo hay un gran velo que la cubre de ese gris espectral, sólo una morte­cina carga de tarde que la hace más triste que un Dios muerto; qué som­bras más te esperan Chiqui, para atra­vesar este tiempo de tarde que llora.

(Risas con llanto).

Adiós Gordis, te fuiste debiéndome dos lucas; pero eres feliz, ya no tendrás que cantar más tus tristezas.

¡Ay! Necesito un trago. El más grande y picante de la universa munda. La Sophie tal vez me preste y me traiga una botella. ¿A la Sophie le deberé? No creo; no sé… como todas en este país vivimos de fiado. Bueno, más pierde la pava que el que le apunta. La llamaré.

(Respira profundo y llama).

¿Está la Sophie? ¿No? ¿Perdón, quién habla?… ¿Roger?… ¡Qué raro! En casa de Sophie no vive ningún Roger que digamos. ¿Estaré equivocada? 44…, perdón, de lo nerviosa me equivoqué, sí, soy la Chiqui… La Chiqui me apo­dan, ¿me notas ronca?… Estoy afónica, Roger… ¡Qué voz tienes! Como de carnaval en noche de luna llena… ¿Ver­dad? No me hagas reír… Sí, nos podemos ver, claro… estaría dichosa, encanto; trabajo en “Luna Llena” ¡Ay! sí, otra vez la “Luna” ¿Lo conoces?… A eso de las nueve… es una linda hora para el sortilegio, hum… es fácil: estaré vestida como un sol con mi pelam­bre de mechón rojo, adoro el brillo y lo estridente… no me digas… ¿Lunar en labio? Con esa voz te reconocería hasta en los quintos infiernos, mi lunarejo… Sí, nueve en punto, en “Luna Llena”, no lo olvides, ciao, ciao.

(Cuelga con aspavientos).

Me desternillé, me desencajo, ¿qué es esa voz? Roger, Roger ¡Qué galán! Ésas sí son voces de macha ¡Carajo! ¡Qué arrogancia de tono! “Tienes voz de ciudad herida”, me dijo. Papi, papito, hoy seré tu reina, tu ardiente hembra en noche de Eros, luciré como una gacela dorada con pelambrina roja. ¡NOOO! donde luzca la peluca sin pagar las dos lucas, me deja calva la negra ésa ¡Qué espanto! Malparida Gorda, por qué te dejaste matar debiéndome; hubieras buscado otra noche para morir.

(Se retuerce y come las uñas).

¿Morir? Seré yo quien sufra esa par­quedad silente de la muerte con tor­mentos y punzadas de bisturí si me atrevo a dar un paso en esas calles. ¿A quién invoco? ¿A mamá? Mami está muerta, mami no me protege, mami no me quiere, mamá me golpea­ba noche tras noche, por no querer ser macha, y los lamparones ardían, con un dolor tan profundo como la vida misma; mamá insultaba, mamá gemía, mami lloraba con su hija en san­gre por el padre muerto. Se emborra­chaba y me golpeaba y nunca un peso y nunca un pan y nunca una caricia.

Mamá en su barrio de pobreza, donde el agua era la lluvia y la luz el fue­go de las velas, y el pantano de las charcas en esta inmunda tierra de desheredadas. ¿Mamá, a quién invo­co? ¿Chiqui, a quién invocas? Nadie te ayuda, Chiqui.

Si sales te encuentran desaparecida como a la Toti; en una zanja o en un basural; para que te encuentren con el gusano en la pupila y seas nota de sangre en los periódicos matutinos, como encuentran a tantos de esos mu­chachos bravíos que los esfuman como por arte de magia. Pero yo no soy de ésos, ni hago lo que ellos ha­cen: no disparo, no tiroteo, ni me importan las ideas ni arreglar esta munda ¡Ay! qué dolor de testa, boba, deja de pensar tanto, ¿será que soy capaz de salir a la calle? Será que soy o no soy capaz de hacerlo… Mierda… ni una cuzca pare solucionar esta duda, que miserable tu vida…

(Duda hasta la exasperación, trata de pensar, sentarse, pararse, frotarse las manos, etc. etc. de comportamientos nerviosos en este misérrimo personaje… De nuevo el teléfono).

¿Con quién?… Ah, eres tú…       Nené…

¿Ninguna de las chicas está en casa? ¿Encanadas? No me digas que los pe­rros ya empezaron a ladrar. Claro, cla­ro, tapar los huecos que no son. Como si una no alegrara en bambalinas la noche y le diera realce y brillo de vida. No, Nené, si ellos para manejar la pluma, el disfraz y la bala son sagradas. ¡Ay!… sí, son puros, tiernos y castos los muy cabrones. Lástima lo de las chicas, Nené, pero he sido expuesta al aire libre, intrépida y arrecha. Claro que salgo, Nené. ¿Tú crees que voy a permitir que esas intrépidas buitras del silencio hipócritas me impidan tener mi encuentro con el placer?…

Nunca, Nené. Sí. Lo conocí hace tiem­po, se llama Roger y es contador. Gra­cias. Me calmas tanto. ¿Cómo va el negocio? Como siempre, Nené, no pierdes tierra. Ciao.

Cómo no ir si su voz me augura encan­tamientos mágicos.

Cómo no ir si mi Roger encanta con sus vaivenes a esta Chiqui inocente.

Cómo no ir si es mi cita con el amor.

Llevo tanto tiempo sin amar, se me olvidó el tiempo. Sólo veo inmensidad de segundos vacuos, torpes; disfra­zando mi vida para que el torturante tiempo me ahogue con su soledad de borracheras infames, de horas secas.

¿Y si me disfrazo de macha? Todavía hay algo de ese asqueroso olor en mi cuerpo… No, porque Roger quiere a su Chiqui como hembra, como la linda dama con su voz de ciudad herida.

Iré. De todas formas la muerte se es­conde noche tras día para todo el mundo, por fortuna es la única que no tiene favoritas.

Intenta maquillarse y canta “Mañana me iré” mientras se pone el ropaje.

¡Oh, Dios! Ya es noche. Quiero devol­ver el tiempo, que sean, que sean las y tantos; hora en que no sabía lo de la Gorda, lo de la Toti, y estaba ausente del amor de Roger. Hora en que mi miopía no establecía parámetros ni dudas. Hora de la ceguera, hora de la nada ¡Ay! Qué abandono, pero ni Dios puede devolver el tiempo.

(Otro ataque de nervios la invade y decide utilizar la cuchilla Gillette en sus venas).

Y si Roger viniera a mi cuarto, no me expondría a la muerte, sólo reinaría el amor.

¿Cuál fue la equivocación? Mierda, me olvidé del número equivocado… ¿42?… Me equivoqué al principio o al final o me equivoqué desde siempre y nunca encontraré el número acertado.

(Llama de nuevo).

¿Está Roger?… ¿Quién habla?… Perdón… Oiga ¿Quién? Soy yo, la Chiqui llamando a Roger. Oiga, no cuelgue, no cuelgue.

Teléfono sin conducto, teléfono enredado, número perdido.

(Canta y un sobrellanto de risas le acumula su estar. Recuerda su infan­cia. La Chiqui pone su música lenta de jazz nostálgico, con suavidad armoniosa se maquilla, se ufana de su feminidad insinuante, las medias, un corsé, su arete, su hermosa peluca y su vestido dorado con lentejuelas y brillo tenaz).

¿Te acuerdas, Chiqui? De nena sólo jugabas con muñecas y les ponías las plumas que te traía tu amiguito, sí, aquel de la cauchera y los pájaros muertos. ¿Cómo era su nombre, Chiqui? ¿Era Roger, cierto?… Roger, y te decía:… “Chiqui, ten las plumas de mi azulejo”, y con ellas las muñecas danzaban el carnaval. Y tu barrio. ¿Te acuerdas de tu barrio? Tu padre muerto, tu madre alcohólica que vo­mitaba sobre ti su pesar, ¿te acuer­das cómo a Roger lo mató un carro por ir a buscar ese turpial? ¿Te acuer­das cómo el turpial aleteaba moribun­do y Roger destripado te miraba con su ojo gélido, y tú y tu madre vomitan­do?… todo muerto, un recuerdo de sangre como de ala moribunda.

Ve, Chiqui, a buscar a Roger, una co­incidencia no se repite dos veces.

¡Qué cobarde soy! Si me desapare­cen de este moradar penas, la Estefa me tiene un libro y luego la pobre no me soportaría con mi andar de ánima en pena… ¿Qué libro me tendrá? ¡No! ¿Será la Barba? “Hay días en que somos tan trémulas… tan sólidas”. Me tiene, me tiene… ¡Nada menos que Bovary! Chisss. La llamo, no vaya a ser que en la otra, mi sufrir sea mayor que en ésta… en definitiva, es inso­portable la levedad del ser.

(Teléfono).

¿Sí? ¿Estefanía? Niña, qué emoción oírte… estoy divina, estrenando cariño. No te imaginás el sol que alumbro. Sí, sí, dorado, crepuscular. No me digas princesa que terminaste el libro.

Tan triste terminar, todo fin duele, las últimas hojas arden, se te meten unas punzas que aruñan… sí, un declive… somos eso: unos animales tristes y so­las, encerradas en cloacas. Las lágrimas que ruedan sobre las palabras y sus letras desmayadas ¡Qué dolor! ¿Te gustó el final trágico de la pobre Bovary?… Sí, ajá… Mmmm…Ya. Mal, muy mal, estoy peor que la madame ésa, si Flauberta me viera, sentiría una envidia de zanja… ¡Que no exagere! Estefanía niña, ¡Chisss! Nos persi­guen y matan con la sevicia propia de su dignidad ofendida. A eso te lla­mo de afán, pues tengo cita y estoy presta… sí… Roger… ¡Qué nervios! Si algo me pasa, quemas el libro, para no espantarte desde el umbral, chica… No sé, tengo presentimientos de duelo. No es guayabo nervioso. Te digo: La Gorda borrada y la Totis esfumada… Segura y creo seguir en la lista… ¿Los tiempos? Querida, no son los tiempos no, no, son esos perros que no saben qué hacer con sus la­dridos. Hujumm, sí, sí, también en la época de los nazis, mira tú, claro… huumm… claro. Es de comerse las uñas, Estefan. Se aproxima un colap­so de espanto. ¿Tú crees? ¡Armada! ¡Qué ingenua! Una puta cuchilla de afeitar que tengo para rayar faces, contra un batallón de machas fieras.

(Risa risa).

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¿Te parece que igual? Huchis, mejor te dejo, llámame mañana pa’ve si esta esqueleta ríe. Besos, china, adiós.

¡Qué descache el de esta loca vacía! ¡Compararme a mí con la Bovary! A lo mejor hasta razón tendrá; ¡una en este conflicto entre el amor o la muerte! ¿Me matarán? No quiero morir; nunca quise al gallinazo en la baranda, en mi cama, mi sitio, mi espacio, mi munda, mi guarida… ¡Qué desorden! ¡Ahhh! ¿Salgo? No soy heroína, ni Jesucrista, pobre sí, ofendida sí, hu­millada sí… pero igual de hermosa que cualquier princesa y para el catre ¡Ja!… como ninguna.

¡Saldré! El neón de la noche me alumbra con su luz de fiesta, ¡apagarlo sería una traición a mi destino!… Además, tanta rabieta y pataleta ¿para qué? Para que las palabras reboten de pared a pared y me aturdan con sus ecos de plomo… igual que las ba­las y las metrallas de los asesinos.

Bye, mami, ya que me trajiste a esta munda, protégeme desde tu tumba, no creo que regreses a hacer más cagadas; con tu hija tuviste: ¡La Chiqui! ¡La de la rumba!

¡Ay! ¡Bestias! Me salió un liro trínico y en rima: Munda, tumba, rumba…

Roger, aquí va tu madama… ¡Espérame!

(Sale más afectada que plumácea en celo y… regresa herida y maltrecha. Alucina).

¡Aló! Nené… soy yo… La Chiqui… o lo que queda de ella… No cuelgues, Nené, no cuelgues… estoy herida y nadie quiso socorrerme en el camino… ¿Mamá? Tráeme unas gasas… Ven­das… alcohol con mertiolate… ¡Ay! ¡¡¡Estoy muerta!!! Mejor, mejor… ¡Tráeme una ambulancia! ¡Un médico!… ¿Toti?… Toti: llama a Roger y dile que nadie quiso socorrerme: la muer­te estaba ahí, esperándome a la sali­da… Un niño me vio y se apartó como si viera un fantasma y se reía, se reía de la payasa herida… me tiró piedras, Nené, piedras. ¡Roger! Roger… veo manchas, Roger… no, no… Chemi, pásame a la Toti.

¿Qué?… protégeme desde tu umbral de sombras… ¡No! ¡No! no fueron ellos ¡Carajo! Las machas no fueron… fue… La Negra… la de la peluca… ¡Ay! Gordis… ¡Roger!… la sangre brota en su morir y como un río, ¿hacia dónde va? ¿Dónde va la sangre que aban­dona su aroma de cuerpos? ¿Dónde?… ¡Ay! ¡No! ¡No! Chemi, ¡Mamá!… ¡No, no Negra no!… yo siempre pensé en saldar la deuda… ¡No! ¿Por qué me clavaste esta punza, Negra? ¿Por qué? ¡Soy cobarde! Una gasa para mis heridas… ¡Suturas! ¡Suturas!!!

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